# 75
Morir
en La Paz —sí, en La Paz, Bolivia— es la más
reciente novela del escritor chileno Bartolomé Leal (1946).
En las páginas centrales ofrecemos también un ensayo
suyo sobre el género policial.
Notas: Morir en La Paz
Luis H. Antezana J.
No
faltan, aunque son pocas, las novelas foráneas ambientadas
o tematizadas en Bolivia. Morir en La Paz (Barcelona, Umbriel,
2003) de Bartolomé Leal es una de ellas.
Morir en La Paz es una novela policial “negra”. Empieza
como una policial a enigma, de esas en la que el detective es contratado
para resolver el misterio de un crimen, pero, rápidamente,
la sangre reemplaza al enigma cuando aparecen dos asesinos a sueldo,
que se encargarán de motivar las varias muertes violentas
que suceden en la novela —las suyas incluidas. Como indica
el título, el escenario privilegiado de esta novela es la
ciudad de La Paz, aunque parece también que su lógica
contextual obedeciera al sistema escalonado de los ayllus andinos,
pues, siguiendo la misma trama, el relato se desplaza desde el
Altiplano hacia los Yungas, luego a los Valles (Cochabamba) y,
desde ahí, hasta el Trópico (Chapare), para, finalmente,
volver a La Paz. Entre otros, el hilo blanco de la cocaína
guía los desplazamientos en esta novela policial “negra”.
Aunque todas las referencias en esta novela son bolivianas —excepto,
yendo a detalles, el origen de los asesinos a sueldo—, Morir
en La Paz es parte de la literatura chilena, más precisamente,
del género policial en esa literatura. Dentro de esa literatura
y ese género, la obra de Bartolomé Leal ha sido caracterizada,
a menudo, por su atención “antropológica” ante
los contextos que utiliza. Su novela Linchamiento de
negro (Santiago,
Linterna Mágica, 1994), contextualizada en Kenya, fue el
primer ejemplo de esa característica suya (1). Supongo que,
para ojos lectores chilenos, las novelas de Leal algo tienen de “exótico”,
pero, por otro lado, ese posible exotismo no les parece gratuito
(arbitrario) y, de ahí, la “atención antropológica” que
le reconocen. Los lectores bolivianos de Morir en La
Paz reconocerán,
sin duda, el alto grado de precisión de sus referencias,
aunque, claro, como en toda ficción, aquí también “los
sucesos narrados no necesariamente son reales”
En
el relato, pocos protagonistas y aun personajes secundarios
salen bien librados en una trama que, a lo lejos, implica
una anónima
red criminal asociada al narcotráfico. No sólo el
detective Melgarejo debe pagar en heridas y delirios su intento
de resolver un crimen para su amigo Machicao sino, también,
por el otro lado, hasta uno de los criminales a sueldo debe pasar
por graves heridas y fiebres tropicales, amén de una fuga
en persecución por los caminos del Chapare, antes de encontrar
la justicia (el ajusticiamiento) que, a su manera, anduvo buscando
en sus últimas decisiones, ya más allá de
los contratos de su sucio (y peligroso) “trabajo”.
Eso sí, si pasamos del relato a la narración, hay
un protagonista que, sin duda, resulta inmune a todos los peligros
y avatares de la trama. Me refiero a la ciudad de La Paz que contextualiza
buena parte de la novela. Desde la ciudad como reflejo del cielo
estrellado que impacta, desde El Alto, toda llegada y descenso
nocturnos hasta las múltiples sociedades y culturas que
se articulan en la Fiesta del Gran Poder, pasando, por supuesto,
por los laberintos y vericuetos de su peculiar orografía
(la Muela del Diablo y el río Choqueyapu incluidos), con
detalles sobre su vida cotidiana y nocturna, La Paz de Morir en
La Paz más que un escenario es un complejo personaje que
motiva los momentos más explícitamente
literarios de esta novela.
¿
Qué quiere decir esto de “más explícitamente
literarios”? Quiere decir dos cosas. Por un lado, al tratar
La Paz, Leal no se limita a “reproducir” o “representar” la
ciudad sino también, como es fácil notar en las adjetivaciones
y valoraciones que acompañan las descripciones, la puebla
de imágenes y comparaciones, buscando destacar —¿contagiar?— su
curiosa —por diversa— particularidad. Un
ejemplo tomado, casi, al azar:
El
concepto de que una ciudad es eterna se siente en pocos lugares
de manera más intensa que en La Paz. Su topografía
insensata hace que la ciudad esté plagada de rincones absurdos,
de pasajes misteriosos, de calles que no llevan a ninguna parte
(o a un precipicio o a un torrente), de edificaciones a medio construir
debido a un derrumbe, de casas ruinosas eternizadas porque mantienen
un equilibrio que si se rompe pueden llevar a la catástrofe
[...] ¿cómo se pudo hacer aquí una ciudad
que es distinta pero también igual a otras
ciudades? (: 182).
Eso, por un lado, y, por otro, tenemos una explícita referencia —¿homenaje?— a
uno de los textos arquetípicos en lo que a perseguir el
sentido de La Paz se trata. Me refiero a Felipe Delgado de Jaime
Saenz (cf., por ejemplo, 84-87, 95). Durante un delirio, consecuencia
de su herida en una balacera con los asesinos profesionales, el
detective Melgarejo comparte algunos momentos de alucinación
con personajes de Saenz y, entre ellos, hasta esperan al propio
Felipe Delgado. Más aún, un saco de aparapita no
sólo protegerá, luego, al detective sino, en la escena
final de la novela, éste recuperará dicho saco antes
de volver a sus labores cotidianas en los talleres de su imprenta
en la calle Carrillo. Además, dicho sea de paso, para el
detective Melgarejo, Felipe Delgado es su “novela preferida” (:
87). Desde el título, entonces, La Paz es uno de los principales
protagonistas —textual como intertextualmente— de
esta novela.
Las literaturas son, en rigor, más idiomáticas que
nacionales —todo hispanohablante puede presumir de El
Quijote o “El jardín de los senderos que se bifurcan”—,
pero, también es innegable que se las suele articular por
países, aunque, temáticamente, no existen límites
al respecto. Imitando a Octavio Paz que, por el tema y el tratamiento,
incorporó alguna vez Bajo en volcán de Malcolm Lowry
en la novela mexicana, podríamos prestarnos esa iniciativa
para “nacionalizar” Morir en La
Paz como parte, por
ejemplo, de la novela urbana desarrolada en torno a La Paz. Esta
posibilidad es, ciertamente, sólo un juego y sólo
quisiera ayudar a subrayar la precisión referencial y literaria
con la que Bartolomé Leal trata el escenario de su novela.
No hay que tender muy rápidamente este tipo de puentes porque
no creo que la literatura inglesa le ceda, por razones temáticas,
Hamlet a la literatura danesa o Romeo y Julieta
a la italiana.
(1). Coherentemente, Leal utiliza detectives locales, es
decir, buenos conocedores del medio, en sus historias:
Tim Tutts en Linchamiento de negro e Isidoro Melgarejo
Daza en Morir en La Paz.

La
revista boliviana de literatura La mariposa mundial y sus responsables
realizaron
un amplio periplo por tierras
argentinas. La publicación dirigida por Rodolfo Ortiz fue
presentada en Jujuy, Córdoba y Buenos Aires. En Córdoba,
el poeta, ensayista y traductor Silvio Mattoni leyó este
texto.
“ Unir
la escritura y la comunidad”
Silvio Mattoni
La
revista que es la feliz ocasión de este encuentro con
amigos y poetas, La mariposa mundial, tiene ya una docena de números
y cinco años de circulación. No conozco sino algunos
de los últimos ejemplares. Pero el último por si
solo permite afirmar que allí se cumple y se seguirá cumpliendo
la promesa que toda buena revista le hace a su lector. Al azar,
elijo una frase que puede ser su cifra y que está en el
breve editorial de Rodolto Ortiz: “una constelación
personal, íntima, un diálogo incesante entre las
obras; entre la mano que escribe sobre las líneas de la
otra”.
Las traducciones, los ensayos, los poemas, las reseñas,
el rescate de tradiciones propias y ajenas, darían la impresión
de un conjunto heterogéneo. Pero existe una íntima
unidad, implícita en la idea misma de una revista de literatura.
Y esa unidad se arraiga en la experiencia única de cada
individuo, en el origen de la pasión literaria, por así decir,
de cada persona.
Intentaré explicarlo con una parábola: alguien, muy
joven, fascinado por la experiencia de la lectura, empieza a esbozar
los grandes planes y las pocas obras con que comienza su experiencia
de escribir. Está en un rincón del mundo, solo, y
hasta las más grandes ciudades son un simple rincón
del mundo para esa soledad que lee y escribe. Poco a poco, logra
encontrar a otros que sufren del mismo mal. Todo se lee en común.
En ese punto, una revista es el sueño de que la literatura
sea escrita por todos, no por uno. Es la promesa de que los nombres
propios quedaran unidos a ese cuerpo inagotable que formarían
todos los libros.
Hacer una revista es lanzar pues esa promesa, aunque en el
fondo se sabe que no puede cumplirse de modo absoluto. Al
finalizar cada número, vuelve la soledad de escribir sin nadie más;
no obstante, algo ha cambiado, ese producto quizás deleznable
o quizás valioso del que escribe a solas encuentra ahora
un espacio donde su aislamiento se resquebraja. Y las palabras
de otros penetran en la cápsula del lector y escritor, porque
junto con otros y para otros se piensa en un objeto de placer y
acaso también de sabiduría.
Leer una revista, igualmente, es asistir a esa unidad de
un ser orgánico compuesto por múltiples diferencias. Los
estilos se vuelven en su interior como manifestaciones funcionales
de una intención mayor y que todos sus miembros por
separado desconocen.
Leer La mariposa mundial es presenciar entonces la vida de una
singular comunidad de escritores que piensan su literatura y la
de todos.
He dicho la palabra “sueño”, he dicho la palabra “promesa”,
he dicho la palabra “vida”. Acaso son indicios de que
el romanticismo, como origen de lo que hoy llamamos revistas literarias,
sigue estando en el horizonte ideal de sus proyectos. Se trata
de volver a unir lo que nunca estuvo separado en la experiencia,
aunque esté trágicamente escindido en la historia
y en la sociedad, es decir, el pensamiento y las sensaciones, la
flosofía y la poesía, la crítica y la biografía.
Se trata de unir, finalmente y sobre todo, la escritura y la
comunidad.

La
novela policial étnica
Bartolomé Leal
Tal
vez el esquema instintivo que guía mi práctica
del género policial (y aclaro que uso el término
cual comodín, sin hacer distinción entre narrativa
de enigma y género negro, corrientes que de hecho mezclo
en mis escritos), está conformado por mi experiencia vital,
donde los viajes y la residencia en países diversos han
jugado un rol central... El impulso por poner en palabras tales
vivencias se traduce en dos niveles escriturales: un diario de
vida más o menos rigurosamente mantenido, y la redacción
de novelas y cuentos.
El diario es para mí una necesidad, un afán compulsivo
por recoger detalles de mi quehacer cotidiano, en aspectos distintos
a los requerimientos de la subsistencia; y contiene no sólo
textos míos sino también citas, recortes, imágenes,
nombres y números. Por otra parte, la narrativa policial
es el género donde me siento más motivado, por haber
sido por décadas un lector fervoroso. Un género por
lo demás tan amplio en expresiones, que el fanático
nunca deja de encontrar nuevos autores con que satisfacer su
vicio de lector.
Los casi cuatro años que pasé en Africa del Este,
concretamente en Kenya, fueron importantes en mi educación
sentimental, y me dieron una segunda patria y un repertorio casi
inagotable de temas, lugares y personajes. El resultado es un ciclo
de novelas ambientadas en Kenya cuyo protagonista es el detective
mulato Tim Tutts, que rige una oficina de investigaciones privadas
en Nairobi, la capital del país, ubicada en River Road (que
es como decir San Diego en Santiago), la calle popular por excelencia.
He perpetrado una novela publicada en 1994 que lleva por título
Linchamiento de negro, más dos inéditas ya terminadas
y en busca de editor: Negro Viola Blanca y El
secreto del rinoceronte deprimido. La novela publicada fue bien recibida y tuvo críticas
amables, pero ninguna repercusión entre el público,
salvo algunos lectores entusiastas que me han hecho saber lo
mucho que se entretuvieron y aprendieron leyendo ese libro.
Mi enfoque del género tiene antecedentes, y aquí entramos
al tema de esta ponencia. Hay una corriente de la narrativa policial,
un subgénero si se quiere, que los críticos franceses
han dado en llamar la novela policial étnica o etnológica.
Se trata de un tipo de narración donde los tópicos
de las etnias, las razas, las culturas primitivas, la brujería,
los conflictos colonialistas y tópicos similares, aparecen
en el corazón mismo de la obra. Argumentos, tramas, personajes
y locaciones responden a un deseo de testimoniar sobre los conflictos
mayores, explícitos o escondidos, que existen en muchas
sociedades marcadas por la diversidad racial, cultural y religiosa.
Como todo subgénero que se respete, el policial étnico
tiene su profeta, su pontífice y sus discípulos.
El profeta, el maestro iniciador del género, es el australiano
Arthur Upfield. Autor prolífico, nacido en Inglaterra, fue
enviado sin miramientos por su padre a trabajar en las enormes
praderas de Australia, ya que lo consideraba con justicia un atorrante.
Allí nuestro autor hizo casi de todo antes de empezar a
escribir: inspector de cercos, traficante en pieles, cazador de
canguros y conejos, domador de caballos, buscador de oro y diamantes.
Esto le dio una experiencia y una patria, ya que nunca más
se movió del generoso suelo australiano.
En literatura se inició, sin mayor suceso, como autor de
la corriente de enigma, aunque una novela suya titulada Un
autor muerde el polvo, que trata del mundo de los literatos, tiene su
encanto. Sus modelos de entonces eran Agatha Christie, Anne Hocking
o Ngaio Marsch, por sólo nombrar a tres grandes damas del
crimen. El mismo Upfield ha contado los azares que lo llevaron
a reformular su estilo y consagrarse. Ocurrió que en una
ocasión debió trabajar en el campo con un vaquero,
mestizo de británico e indígena, quien le aseguraba,
vía su profusa verba, que había colaborado muchas
veces con la policía, ya que conocía muy bien las
mañas y rarezas de los aborígenes. Un tipo elocuente
y propenso a la mentira, pero que divirtió mucho al inquieto
Upfield. Tiempo después, el escritor escuchó la siguiente
anécdota de parte de una enfermera: había llegado
al hospital un bebé abandonado, recogido en el busch. La
criatura era un típico producto de los amores furtivos entre
blancos e indígenas; y típicamente también,
no era querido por nadie. Pero lo más curioso es que el
bebé había sido encontrado mascando un libro, para
satisfacer su hambre. ¿Qué libro era éste?
Pues una biografía de Napoleón Bonaparte.
Así, en base a este sustrato real, nació el detective
mestizo Napoleón Bonaparte, Bony para los amigos, inspector
de la policía de Brisbane, protagonista de cerca de 30 libros
que Arthur Upfield publicó entre 1929 y 1966, una de las
sagas más extensas y fascinantes del género policial.
Bony conoce el alma aborígen, y aunque es sólo a
medias uno de ellos, pertenece a cierto clan ancestral cuyos valores
son respetados. Varias novelas de Upfield fueron traducidas en
México por Editorial Novaro en los años 50, tales
como sus obras maestras La muerte de un lago, Las montañas
tienen un secreto, Bony compra una mujer y Los solterones de Broken
Hill. Todos los títulos están traducidos literalmente.
Si uno tiene paciencia, los puede todavía encontrar en librerías
de viejo. En Francia se han hecho bellas ediciones en la colección “Grandes
Detectives” de la editorial 10/18.
Ahora bien, el pontífice de la novela policial étnica,
el gran maestro amado por todos los que practicamos el subgénero,
es sin duda el norteamericano Tony Hillerman. Nacido en 1925, este
autor ha dedicado su obra a testimoniar sobre el pasado y el presente
del pueblo navajo, posiblemente uno de los grupos ancestrales de
América más agredidos y humillados por la aventura
colonizadora. Hillerman, desde su primera novela publicada en 1970,
La voz del enemigo, recupera la tradición de la novela con
policías, salvo por la diferencia que sus protagonistas,
el teniente Joe Leaphorn y el oficial Jim Chee, pertenecen a la
policía especial que opera en Nuevo México para la
comunidad navajo. Cabe mencionar, como ha señalado la crítica,
que este abandono de Hillerman de la tendencia imperante de novela
negra en Estados Unidos, para preferir una forma renovada de la
narrativa de enigma, obedece precisamente a la gran tradición
indígena de la caza, la guerra, la lectura de huellas,
la magia.
Hillerman, de origen alemán e inglés, fue criado
entre los indios Seminola de Oklahoma (“la tierra del corazón
sagrado”), su estado natal. Condecorado tres veces por pelear
en la Segunda guerra Mundial, de vuelta del conflicto se hizo periodista,
académico universitario y ensayista, abocándose a
los temas del mundo indígena, sobre todo entre las tribus
navajo, zuni y hopi. Finalmente opta por el género narrativo,
en que ha publicado unas 20 novelas. Entre las traducidas, varias
de sus obras maestras: Ladrón de tiempo, Vendaval de tinieblas,
Un coyote acecha, La conspiración de las máscaras.
Sus detectives indígenas recurren a la paciencia, la astucia
y el conocimiento del terreno (amén de los modernos procedimientos
policiales) para resolver los complejos temas de una comunidad
maltratada y marginalizada en la sociedad norteamericana, incluso
en la actualidad. Hillerman es el cronista cariñoso y solidario
de la triste historia de un pueblo que agoniza, que lucha duramente
por sobrevivir en la sociedad de la estandarización.
Hay
una corriente de la narrativa policial, un subgénero
si se quiere, que los críticos franceses han dado en
llamar la novela policial étnica o etnológica.
Se trata de un tipo de narración donde los tópicos
de las etnias, las razas, las culturas primitivas, la brujería,
los conflictos colonialistas y tópicos similares, aparecen
en el corazón mismo de la obra. |
Sólo a manera de mención, no quisiera dejar afuera
a tres autores del subgénero policial étnico que
me parecen especialmente valiosos, de alguna manera discípulos,
o mejor compañeros de ruta, de los colosos anteriores. Uno
es el sudafricano James McClure, que con su pareja interracial
de protagonistas, formada por el teniente Kramer y su colega zulú el
sargento Zondi, ha explorado el mundo criminal de su país,
en obras publicadas en los peores tiempos del apartheid, y donde
como en otros autores compatriotas suyos, se puede tener atisbos
de esta terrible aberración del siglo pasado. Otro autor
interesante es el británico H.R.F. Keating, uno de los más
distinguidos críticos literarios ingleses del género
policial, quien ha dado vida al detective inspector Gothe de la
policía de Bombay, India, hombre que compensa torpeza e
ingenuidad con intuición y suerte, a través de una
saga divertida e ingeniosa que nos da una visión de esta
sociedad tan ajena a nosotros. Finalmente, no quisiera dejar de
mencionar a un curioso autor del género, el bostoniano Harry
Kemelman, el creador del rabino Small, un investigador espontáneo
de trasgresiones a la ley y crímenes que tiene por sujeto
a la comunidad judía, donde se inmiscuye, Talmud en
mano, resolviendo casos tanto en su pueblo como ocasionalmente
en Israel.
Para terminar, algo sobre mi propio aporte al subgénero
de la narrativa policial étnica. El tema unificador de mis
novelas y cuentos, publicadas e inéditas, es el de la difícil
creación de la nacionalidad, un factor dramático
en Africa, donde la heterogeneidad tribal es la norma; donde la
violencia está permanentemente presente en estas sociedades
jóvenes, tensionadas por las variedades de idiomas, costumbres,
religiones, razas, culturas, músicas, y que son privativas
de las sociedades tribales originarias, aunque remanentes en las
nuevas generaciones. En la ciudad, la urbe como alternativa al
villorrio, cuya desconfiguración fue por cierto uno de los
más dramáticos efectos del colonialismo, se manifiestan
tales tensiones en estallidos continuos, sangrientos y crueles,
el material con el cual mis detectives, no siempre con brillantez
pero sí con humor, patriotismo y empeño, luchan
por construir una sociedad de convivencia, por encima de
diferencias y rivalidades.

Crónicas
de motel
Sam Shepard
En
Rapid City, South Dakota, mi madre me daba cubitos de hielo envueltos
en servilletas para que los chupase. Estaban saliéndome
los dientes y el hielo me insensibilizaba las encías.
Aquella noche atravesamos los Badlands. Yo viajaba en la bandeja
que hay detrás da asiento trasero del Plymouth, mirando
las estrellas. El cristal estaba helado al tacto.
Nos detuvimos en la pradera, en un lugar donde había un
círculo de enormes dinosaurios de yeso blanco. No era
un pueblo. Simplemente los dinosaurios iluminados desde el
suelo por
unos focos.
Mi madre me llevó a dar una vuelta abrigado bajo una manta
parda del ejército. Tarareaba una canción lenta.
Creo que era "Peg a' My Heart". La tarareaba bajito,
para sí misma. Como si sus pensamientos estuvieran muy lejos
de allí,
Serpenteamos lentamente por entre los dinosaurios. Por entre
sus patas. Bajo sus patas. Describimos círculos en torno al
Brontosauro. Miramos desde abajo los dientes del Tyranosaurus Rex.
Todos tenían unas lucecitas azules a modo de ojos.
No había nadie. Sólo nosotros y los dinosaurios.
9/1/80
Homestead Valley, Ca.
Recuerdo
cuando intentaba imitar la ronrisa de Burt Lancaster después
de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días
estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por
entre las tomateras. Riendo con todos los dientes a desnudo. Riéndome
de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes.
Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días
intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas
no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación
hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre
mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba
a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de
lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía
podrido, de color pardo y montado encima del diente roto que estaba
a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de
que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes
como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie,
dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba.
Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después
dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara
vacía.
25/4/81
Homestead Valley, Ca.
Conocí a un guitarrista que decía que la radio era
su "amiga". Se sentía emparentado no tanto con
la música como con la voz de la radio. Su carácter
sintético. Su voz, que no había que confundir con
las voces que salían de ella. Su capacidad para transmitir
la ilusión de personas a grandes distancias. Dormía
con la radio. Creía en un Lejano País de la Radio.
Creía que jamás encontraría ese país,
de modo que se conformaba con limitarse a escucharlo. Creía
que había sido expulsado del País de la Radio y estaba
condenado a rondar eternamente por las ondas, buscando una emisora
mágica que le devolvería la herencia perdida.
22/12/79
Homestead Valley, Ca.
Hay
una mariposa Monarca muerta en la acera de Ozona. La brisa se
la lleva de acá para allá. Durante todo el día
han estado estrellándose contra mi parabrisas, dejando salpicaduras
rosadas y doradas en el cristal. He visto a una de ellas que caía
a plomo desde el cielo y chocaba contra el asfalto de la Highway
10 East. Debe de ser la época del año en
la que tienen que morir.
16/10/80
Ozona, Texas
Encontré un pájaro acuático muerto en medio
de un aparcamiento. No había coches. El pájaro estaba
entero. Desmayado y sin huellas de sangre. Me lo llevé a
casa y lo metí en la nevera. Al día siguiente mi
Papá y yo lo llevamos por las casas de la vecindad y preguntamos
a la gente si había visto alguna vez a un pájaro
como ése. Nadie lo recordaba. Se lo llevamos al taxidermista
y tampoco él supo decirnos qué clase de pájaro
era, aunque todos estábamos de acuerdo en que tenía
que ser un pájaro acuático porque tenía los
pies palmeados. Según el taxidermista, el pájaro
debía de estar volando por encima del aparcamiento y confundió los
reflejos del pavimento por un lago. Suponía que el pájaro
se estrelló contra el asfalto y se rompió el cuello.
A mí me pareció tan desaforada esta teoría
del taxidermista que durante varios días no dejé de
pensar en ella. Me ponía en el lugat del pájaro,
volando por encima del aparcamiento, haciendo una travesía
en busca de un lago. ¿Por qué un pájaro así se
encontraba, para empezar, tan lejos de los lugares en donde hay
lagos? ¿Cómo era posible que un pájaro
se perdiese?
30/1/80
Homestead Valley, Ca.
