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# 75

Morir en La Paz —sí, en La Paz, Bolivia— es la más reciente novela del escritor chileno Bartolomé Leal (1946). En las páginas centrales ofrecemos también un ensayo suyo sobre el género policial.

Notas: Morir en La Paz

Luis H. Antezana J.

No faltan, aunque son pocas, las novelas foráneas ambientadas o tematizadas en Bolivia. Morir en La Paz (Barcelona, Umbriel, 2003) de Bartolomé Leal es una de ellas.
Morir en La Paz es una novela policial “negra”. Empieza como una policial a enigma, de esas en la que el detective es contratado para resolver el misterio de un crimen, pero, rápidamente, la sangre reemplaza al enigma cuando aparecen dos asesinos a sueldo, que se encargarán de motivar las varias muertes violentas que suceden en la novela —las suyas incluidas. Como indica el título, el escenario privilegiado de esta novela es la ciudad de La Paz, aunque parece también que su lógica contextual obedeciera al sistema escalonado de los ayllus andinos, pues, siguiendo la misma trama, el relato se desplaza desde el Altiplano hacia los Yungas, luego a los Valles (Cochabamba) y, desde ahí, hasta el Trópico (Chapare), para, finalmente, volver a La Paz. Entre otros, el hilo blanco de la cocaína guía los desplazamientos en esta novela policial “negra”.
Aunque todas las referencias en esta novela son bolivianas —excepto, yendo a detalles, el origen de los asesinos a sueldo—, Morir en La Paz es parte de la literatura chilena, más precisamente, del género policial en esa literatura. Dentro de esa literatura y ese género, la obra de Bartolomé Leal ha sido caracterizada, a menudo, por su atención “antropológica” ante los contextos que utiliza. Su novela Linchamiento de negro (Santiago, Linterna Mágica, 1994), contextualizada en Kenya, fue el primer ejemplo de esa característica suya (1). Supongo que, para ojos lectores chilenos, las novelas de Leal algo tienen de “exótico”, pero, por otro lado, ese posible exotismo no les parece gratuito (arbitrario) y, de ahí, la “atención antropológica” que le reconocen. Los lectores bolivianos de Morir en La Paz reconocerán, sin duda, el alto grado de precisión de sus referencias, aunque, claro, como en toda ficción, aquí también “los sucesos narrados no necesariamente son reales”

En el relato, pocos protagonistas y aun personajes secundarios salen bien librados en una trama que, a lo lejos, implica una anónima red criminal asociada al narcotráfico. No sólo el detective Melgarejo debe pagar en heridas y delirios su intento de resolver un crimen para su amigo Machicao sino, también, por el otro lado, hasta uno de los criminales a sueldo debe pasar por graves heridas y fiebres tropicales, amén de una fuga en persecución por los caminos del Chapare, antes de encontrar la justicia (el ajusticiamiento) que, a su manera, anduvo buscando en sus últimas decisiones, ya más allá de los contratos de su sucio (y peligroso) “trabajo”.
Eso sí, si pasamos del relato a la narración, hay un protagonista que, sin duda, resulta inmune a todos los peligros y avatares de la trama. Me refiero a la ciudad de La Paz que contextualiza buena parte de la novela. Desde la ciudad como reflejo del cielo estrellado que impacta, desde El Alto, toda llegada y descenso nocturnos hasta las múltiples sociedades y culturas que se articulan en la Fiesta del Gran Poder, pasando, por supuesto, por los laberintos y vericuetos de su peculiar orografía (la Muela del Diablo y el río Choqueyapu incluidos), con detalles sobre su vida cotidiana y nocturna, La Paz de Morir en La Paz más que un escenario es un complejo personaje que motiva los momentos más explícitamente literarios de esta novela.
¿ Qué quiere decir esto de “más explícitamente literarios”? Quiere decir dos cosas. Por un lado, al tratar La Paz, Leal no se limita a “reproducir” o “representar” la ciudad sino también, como es fácil notar en las adjetivaciones y valoraciones que acompañan las descripciones, la puebla de imágenes y comparaciones, buscando destacar —¿contagiar?— su curiosa —por diversa— particularidad. Un ejemplo tomado, casi, al azar:

El concepto de que una ciudad es eterna se siente en pocos lugares de manera más intensa que en La Paz. Su topografía insensata hace que la ciudad esté plagada de rincones absurdos, de pasajes misteriosos, de calles que no llevan a ninguna parte (o a un precipicio o a un torrente), de edificaciones a medio construir debido a un derrumbe, de casas ruinosas eternizadas porque mantienen un equilibrio que si se rompe pueden llevar a la catástrofe [...] ¿cómo se pudo hacer aquí una ciudad que es distinta pero también igual a otras ciudades? (: 182).

Eso, por un lado, y, por otro, tenemos una explícita referencia —¿homenaje?— a uno de los textos arquetípicos en lo que a perseguir el sentido de La Paz se trata. Me refiero a Felipe Delgado de Jaime Saenz (cf., por ejemplo, 84-87, 95). Durante un delirio, consecuencia de su herida en una balacera con los asesinos profesionales, el detective Melgarejo comparte algunos momentos de alucinación con personajes de Saenz y, entre ellos, hasta esperan al propio Felipe Delgado. Más aún, un saco de aparapita no sólo protegerá, luego, al detective sino, en la escena final de la novela, éste recuperará dicho saco antes de volver a sus labores cotidianas en los talleres de su imprenta en la calle Carrillo. Además, dicho sea de paso, para el detective Melgarejo, Felipe Delgado es su “novela preferida” (: 87). Desde el título, entonces, La Paz es uno de los principales protagonistas —textual como intertextualmente— de esta novela.
Las literaturas son, en rigor, más idiomáticas que nacionales —todo hispanohablante puede presumir de El Quijote o “El jardín de los senderos que se bifurcan”—, pero, también es innegable que se las suele articular por países, aunque, temáticamente, no existen límites al respecto. Imitando a Octavio Paz que, por el tema y el tratamiento, incorporó alguna vez Bajo en volcán de Malcolm Lowry en la novela mexicana, podríamos prestarnos esa iniciativa para “nacionalizar” Morir en La Paz como parte, por ejemplo, de la novela urbana desarrolada en torno a La Paz. Esta posibilidad es, ciertamente, sólo un juego y sólo quisiera ayudar a subrayar la precisión referencial y literaria con la que Bartolomé Leal trata el escenario de su novela. No hay que tender muy rápidamente este tipo de puentes porque no creo que la literatura inglesa le ceda, por razones temáticas, Hamlet a la literatura danesa o Romeo y Julieta a la italiana.

(1). Coherentemente, Leal utiliza detectives locales, es decir, buenos conocedores del medio, en sus historias: Tim Tutts en Linchamiento de negro e Isidoro Melgarejo Daza en Morir en La Paz.

La revista boliviana de literatura La mariposa mundial y sus responsables realizaron un amplio periplo por tierras argentinas. La publicación dirigida por Rodolfo Ortiz fue presentada en Jujuy, Córdoba y Buenos Aires. En Córdoba, el poeta, ensayista y traductor Silvio Mattoni leyó este texto.

“ Unir la escritura y la comunidad”

Silvio Mattoni

La revista que es la feliz ocasión de este encuentro con amigos y poetas, La mariposa mundial, tiene ya una docena de números y cinco años de circulación. No conozco sino algunos de los últimos ejemplares. Pero el último por si solo permite afirmar que allí se cumple y se seguirá cumpliendo la promesa que toda buena revista le hace a su lector. Al azar, elijo una frase que puede ser su cifra y que está en el breve editorial de Rodolto Ortiz: “una constelación personal, íntima, un diálogo incesante entre las obras; entre la mano que escribe sobre las líneas de la otra”.
Las traducciones, los ensayos, los poemas, las reseñas, el rescate de tradiciones propias y ajenas, darían la impresión de un conjunto heterogéneo. Pero existe una íntima unidad, implícita en la idea misma de una revista de literatura. Y esa unidad se arraiga en la experiencia única de cada individuo, en el origen de la pasión literaria, por así decir, de cada persona.
Intentaré explicarlo con una parábola: alguien, muy joven, fascinado por la experiencia de la lectura, empieza a esbozar los grandes planes y las pocas obras con que comienza su experiencia de escribir. Está en un rincón del mundo, solo, y hasta las más grandes ciudades son un simple rincón del mundo para esa soledad que lee y escribe. Poco a poco, logra encontrar a otros que sufren del mismo mal. Todo se lee en común. En ese punto, una revista es el sueño de que la literatura sea escrita por todos, no por uno. Es la promesa de que los nombres propios quedaran unidos a ese cuerpo inagotable que formarían todos los libros.
Hacer una revista es lanzar pues esa promesa, aunque en el fondo se sabe que no puede cumplirse de modo absoluto. Al finalizar cada número, vuelve la soledad de escribir sin nadie más; no obstante, algo ha cambiado, ese producto quizás deleznable o quizás valioso del que escribe a solas encuentra ahora un espacio donde su aislamiento se resquebraja. Y las palabras de otros penetran en la cápsula del lector y escritor, porque junto con otros y para otros se piensa en un objeto de placer y acaso también de sabiduría.
Leer una revista, igualmente, es asistir a esa unidad de un ser orgánico compuesto por múltiples diferencias. Los estilos se vuelven en su interior como manifestaciones funcionales de una intención mayor y que todos sus miembros por separado desconocen.
Leer La mariposa mundial es presenciar entonces la vida de una singular comunidad de escritores que piensan su literatura y la de todos.
He dicho la palabra “sueño”, he dicho la palabra “promesa”, he dicho la palabra “vida”. Acaso son indicios de que el romanticismo, como origen de lo que hoy llamamos revistas literarias, sigue estando en el horizonte ideal de sus proyectos. Se trata de volver a unir lo que nunca estuvo separado en la experiencia, aunque esté trágicamente escindido en la historia y en la sociedad, es decir, el pensamiento y las sensaciones, la flosofía y la poesía, la crítica y la biografía. Se trata de unir, finalmente y sobre todo, la escritura y la comunidad.

La novela policial étnica

Bartolomé Leal

Tal vez el esquema instintivo que guía mi práctica del género policial (y aclaro que uso el término cual comodín, sin hacer distinción entre narrativa de enigma y género negro, corrientes que de hecho mezclo en mis escritos), está conformado por mi experiencia vital, donde los viajes y la residencia en países diversos han jugado un rol central... El impulso por poner en palabras tales vivencias se traduce en dos niveles escriturales: un diario de vida más o menos rigurosamente mantenido, y la redacción de novelas y cuentos.
El diario es para mí una necesidad, un afán compulsivo por recoger detalles de mi quehacer cotidiano, en aspectos distintos a los requerimientos de la subsistencia; y contiene no sólo textos míos sino también citas, recortes, imágenes, nombres y números. Por otra parte, la narrativa policial es el género donde me siento más motivado, por haber sido por décadas un lector fervoroso. Un género por lo demás tan amplio en expresiones, que el fanático nunca deja de encontrar nuevos autores con que satisfacer su vicio de lector.
Los casi cuatro años que pasé en Africa del Este, concretamente en Kenya, fueron importantes en mi educación sentimental, y me dieron una segunda patria y un repertorio casi inagotable de temas, lugares y personajes. El resultado es un ciclo de novelas ambientadas en Kenya cuyo protagonista es el detective mulato Tim Tutts, que rige una oficina de investigaciones privadas en Nairobi, la capital del país, ubicada en River Road (que es como decir San Diego en Santiago), la calle popular por excelencia. He perpetrado una novela publicada en 1994 que lleva por título Linchamiento de negro, más dos inéditas ya terminadas y en busca de editor: Negro Viola Blanca y El secreto del rinoceronte deprimido. La novela publicada fue bien recibida y tuvo críticas amables, pero ninguna repercusión entre el público, salvo algunos lectores entusiastas que me han hecho saber lo mucho que se entretuvieron y aprendieron leyendo ese libro.
Mi enfoque del género tiene antecedentes, y aquí entramos al tema de esta ponencia. Hay una corriente de la narrativa policial, un subgénero si se quiere, que los críticos franceses han dado en llamar la novela policial étnica o etnológica. Se trata de un tipo de narración donde los tópicos de las etnias, las razas, las culturas primitivas, la brujería, los conflictos colonialistas y tópicos similares, aparecen en el corazón mismo de la obra. Argumentos, tramas, personajes y locaciones responden a un deseo de testimoniar sobre los conflictos mayores, explícitos o escondidos, que existen en muchas sociedades marcadas por la diversidad racial, cultural y religiosa.
Como todo subgénero que se respete, el policial étnico tiene su profeta, su pontífice y sus discípulos. El profeta, el maestro iniciador del género, es el australiano Arthur Upfield. Autor prolífico, nacido en Inglaterra, fue enviado sin miramientos por su padre a trabajar en las enormes praderas de Australia, ya que lo consideraba con justicia un atorrante. Allí nuestro autor hizo casi de todo antes de empezar a escribir: inspector de cercos, traficante en pieles, cazador de canguros y conejos, domador de caballos, buscador de oro y diamantes. Esto le dio una experiencia y una patria, ya que nunca más se movió del generoso suelo australiano.
En literatura se inició, sin mayor suceso, como autor de la corriente de enigma, aunque una novela suya titulada Un autor muerde el polvo, que trata del mundo de los literatos, tiene su encanto. Sus modelos de entonces eran Agatha Christie, Anne Hocking o Ngaio Marsch, por sólo nombrar a tres grandes damas del crimen. El mismo Upfield ha contado los azares que lo llevaron a reformular su estilo y consagrarse. Ocurrió que en una ocasión debió trabajar en el campo con un vaquero, mestizo de británico e indígena, quien le aseguraba, vía su profusa verba, que había colaborado muchas veces con la policía, ya que conocía muy bien las mañas y rarezas de los aborígenes. Un tipo elocuente y propenso a la mentira, pero que divirtió mucho al inquieto Upfield. Tiempo después, el escritor escuchó la siguiente anécdota de parte de una enfermera: había llegado al hospital un bebé abandonado, recogido en el busch. La criatura era un típico producto de los amores furtivos entre blancos e indígenas; y típicamente también, no era querido por nadie. Pero lo más curioso es que el bebé había sido encontrado mascando un libro, para satisfacer su hambre. ¿Qué libro era éste? Pues una biografía de Napoleón Bonaparte.
Así, en base a este sustrato real, nació el detective mestizo Napoleón Bonaparte, Bony para los amigos, inspector de la policía de Brisbane, protagonista de cerca de 30 libros que Arthur Upfield publicó entre 1929 y 1966, una de las sagas más extensas y fascinantes del género policial. Bony conoce el alma aborígen, y aunque es sólo a medias uno de ellos, pertenece a cierto clan ancestral cuyos valores son respetados. Varias novelas de Upfield fueron traducidas en México por Editorial Novaro en los años 50, tales como sus obras maestras La muerte de un lago, Las montañas tienen un secreto, Bony compra una mujer y Los solterones de Broken Hill. Todos los títulos están traducidos literalmente. Si uno tiene paciencia, los puede todavía encontrar en librerías de viejo. En Francia se han hecho bellas ediciones en la colección “Grandes Detectives” de la editorial 10/18.
Ahora bien, el pontífice de la novela policial étnica, el gran maestro amado por todos los que practicamos el subgénero, es sin duda el norteamericano Tony Hillerman. Nacido en 1925, este autor ha dedicado su obra a testimoniar sobre el pasado y el presente del pueblo navajo, posiblemente uno de los grupos ancestrales de América más agredidos y humillados por la aventura colonizadora. Hillerman, desde su primera novela publicada en 1970, La voz del enemigo, recupera la tradición de la novela con policías, salvo por la diferencia que sus protagonistas, el teniente Joe Leaphorn y el oficial Jim Chee, pertenecen a la policía especial que opera en Nuevo México para la comunidad navajo. Cabe mencionar, como ha señalado la crítica, que este abandono de Hillerman de la tendencia imperante de novela negra en Estados Unidos, para preferir una forma renovada de la narrativa de enigma, obedece precisamente a la gran tradición indígena de la caza, la guerra, la lectura de huellas, la magia.
Hillerman, de origen alemán e inglés, fue criado entre los indios Seminola de Oklahoma (“la tierra del corazón sagrado”), su estado natal. Condecorado tres veces por pelear en la Segunda guerra Mundial, de vuelta del conflicto se hizo periodista, académico universitario y ensayista, abocándose a los temas del mundo indígena, sobre todo entre las tribus navajo, zuni y hopi. Finalmente opta por el género narrativo, en que ha publicado unas 20 novelas. Entre las traducidas, varias de sus obras maestras: Ladrón de tiempo, Vendaval de tinieblas, Un coyote acecha, La conspiración de las máscaras. Sus detectives indígenas recurren a la paciencia, la astucia y el conocimiento del terreno (amén de los modernos procedimientos policiales) para resolver los complejos temas de una comunidad maltratada y marginalizada en la sociedad norteamericana, incluso en la actualidad. Hillerman es el cronista cariñoso y solidario de la triste historia de un pueblo que agoniza, que lucha duramente por sobrevivir en la sociedad de la estandarización.

Hay una corriente de la narrativa policial, un subgénero si se quiere, que los críticos franceses han dado en llamar la novela policial étnica o etnológica. Se trata de un tipo de narración donde los tópicos de las etnias, las razas, las culturas primitivas, la brujería, los conflictos colonialistas y tópicos similares, aparecen en el corazón mismo de la obra.

Sólo a manera de mención, no quisiera dejar afuera a tres autores del subgénero policial étnico que me parecen especialmente valiosos, de alguna manera discípulos, o mejor compañeros de ruta, de los colosos anteriores. Uno es el sudafricano James McClure, que con su pareja interracial de protagonistas, formada por el teniente Kramer y su colega zulú el sargento Zondi, ha explorado el mundo criminal de su país, en obras publicadas en los peores tiempos del apartheid, y donde como en otros autores compatriotas suyos, se puede tener atisbos de esta terrible aberración del siglo pasado. Otro autor interesante es el británico H.R.F. Keating, uno de los más distinguidos críticos literarios ingleses del género policial, quien ha dado vida al detective inspector Gothe de la policía de Bombay, India, hombre que compensa torpeza e ingenuidad con intuición y suerte, a través de una saga divertida e ingeniosa que nos da una visión de esta sociedad tan ajena a nosotros. Finalmente, no quisiera dejar de mencionar a un curioso autor del género, el bostoniano Harry Kemelman, el creador del rabino Small, un investigador espontáneo de trasgresiones a la ley y crímenes que tiene por sujeto a la comunidad judía, donde se inmiscuye, Talmud en mano, resolviendo casos tanto en su pueblo como ocasionalmente en Israel.
Para terminar, algo sobre mi propio aporte al subgénero de la narrativa policial étnica. El tema unificador de mis novelas y cuentos, publicadas e inéditas, es el de la difícil creación de la nacionalidad, un factor dramático en Africa, donde la heterogeneidad tribal es la norma; donde la violencia está permanentemente presente en estas sociedades jóvenes, tensionadas por las variedades de idiomas, costumbres, religiones, razas, culturas, músicas, y que son privativas de las sociedades tribales originarias, aunque remanentes en las nuevas generaciones. En la ciudad, la urbe como alternativa al villorrio, cuya desconfiguración fue por cierto uno de los más dramáticos efectos del colonialismo, se manifiestan tales tensiones en estallidos continuos, sangrientos y crueles, el material con el cual mis detectives, no siempre con brillantez pero sí con humor, patriotismo y empeño, luchan por construir una sociedad de convivencia, por encima de diferencias y rivalidades.

Crónicas de motel

Sam Shepard

En Rapid City, South Dakota, mi madre me daba cubitos de hielo envueltos en servilletas para que los chupase. Estaban saliéndome los dientes y el hielo me insensibilizaba las encías.
Aquella noche atravesamos los Badlands. Yo viajaba en la bandeja que hay detrás da asiento trasero del Plymouth, mirando las estrellas. El cristal estaba helado al tacto.
Nos detuvimos en la pradera, en un lugar donde había un círculo de enormes dinosaurios de yeso blanco. No era un pueblo. Simplemente los dinosaurios iluminados desde el suelo por unos focos.
Mi madre me llevó a dar una vuelta abrigado bajo una manta parda del ejército. Tarareaba una canción lenta. Creo que era "Peg a' My Heart". La tarareaba bajito, para sí misma. Como si sus pensamientos estuvieran muy lejos de allí,
Serpenteamos lentamente por entre los dinosaurios. Por entre sus patas. Bajo sus patas. Describimos círculos en torno al Brontosauro. Miramos desde abajo los dientes del Tyranosaurus Rex. Todos tenían unas lucecitas azules a modo de ojos.
No había nadie. Sólo nosotros y los dinosaurios.
9/1/80
Homestead Valley, Ca.

Recuerdo cuando intentaba imitar la ronrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes a desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente roto que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.
25/4/81
Homestead Valley, Ca.

Conocí a un guitarrista que decía que la radio era su "amiga". Se sentía emparentado no tanto con la música como con la voz de la radio. Su carácter sintético. Su voz, que no había que confundir con las voces que salían de ella. Su capacidad para transmitir la ilusión de personas a grandes distancias. Dormía con la radio. Creía en un Lejano País de la Radio. Creía que jamás encontraría ese país, de modo que se conformaba con limitarse a escucharlo. Creía que había sido expulsado del País de la Radio y estaba condenado a rondar eternamente por las ondas, buscando una emisora mágica que le devolvería la herencia perdida.
22/12/79
Homestead Valley, Ca.

Hay una mariposa Monarca muerta en la acera de Ozona. La brisa se la lleva de acá para allá. Durante todo el día han estado estrellándose contra mi parabrisas, dejando salpicaduras rosadas y doradas en el cristal. He visto a una de ellas que caía a plomo desde el cielo y chocaba contra el asfalto de la Highway 10 East. Debe de ser la época del año en la que tienen que morir.
16/10/80
Ozona, Texas

Encontré un pájaro acuático muerto en medio de un aparcamiento. No había coches. El pájaro estaba entero. Desmayado y sin huellas de sangre. Me lo llevé a casa y lo metí en la nevera. Al día siguiente mi Papá y yo lo llevamos por las casas de la vecindad y preguntamos a la gente si había visto alguna vez a un pájaro como ése. Nadie lo recordaba. Se lo llevamos al taxidermista y tampoco él supo decirnos qué clase de pájaro era, aunque todos estábamos de acuerdo en que tenía que ser un pájaro acuático porque tenía los pies palmeados. Según el taxidermista, el pájaro debía de estar volando por encima del aparcamiento y confundió los reflejos del pavimento por un lago. Suponía que el pájaro se estrelló contra el asfalto y se rompió el cuello. A mí me pareció tan desaforada esta teoría del taxidermista que durante varios días no dejé de pensar en ella. Me ponía en el lugat del pájaro, volando por encima del aparcamiento, haciendo una travesía en busca de un lago. ¿Por qué un pájaro así se encontraba, para empezar, tan lejos de los lugares en donde hay lagos? ¿Cómo era posible que un pájaro se perdiese?
30/1/80
Homestead Valley, Ca.

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