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El
cientista político Rafael Archondo habla
de la relación entre la democracia representativa y la democracia
directa. Muestra algunos de los mitos sobre la política en las
comunidades originarias y explica por qué la democracia representativa
es “ineludible”, aunque puede mejorarse con mecanismos
participativos como el referéndum.
LA
DISCUSIÓN
EN EL FONDO Ahora,
la democracia, ¿es
diferente?
Rafael
Archondo, uno de los periodistas más importantes de su
generación, trabaja ahora, luego de varios años de estudio
en México, en otra de sus pasiones: la investigación
de la política y la sociedad bolivianas. De mirada fija, suaves
gestos y una tendencia recurrente a la metáfora didáctica
(quizá aprendida en el periodismo), Archondo define así las
relaciones y los conflictos entre la democracia representativa
y la directa:
¿Cómo
piensan las ciencias políticas la oposición
entre democracia directa y democracia representativa?
—Algunos oponen a ambas, como dos polos de un continium; pero siempre
enfrentados
entre sí, como dos valores antitéticos, en cierto sentido irreconciliables.
Esta es una visión. Otra ve a la democracia participativa como superior,
más trascendente que la democracia representativa, la cual sería
limitada, todavía un embrión de una verdadera democracia.
En uno u otro sentido, ya sea viéndolas como radicalmente distintas, o
como diferentes fases del desarrollo evolutivo de la democracia (una más
primitiva que la otra), la oposición de ambas es en mi criterio un error,
porque creo que son parte del mismo fenómeno. La democracia tiene distintos
estadios; pero que no necesariamente son evolutivos (en un sentido jerárquico),
ni estadios completamente enfrentados entre sí, por lo cual se podrían
reemplazar uno por el otro; no se trata de estadios coherentes que podrían
intercambiarse.
Lo que vemos en nuestros países es que tanto la representación
como el intento de participación directa están presentes en todas
las instituciones. Ambas democracias son parte del mismo fenómeno y, en
ese sentido, no se pueden reemplazar la una a la otra. Las dos se complementan.
Hay momentos en los que la participación predomina y otros en los que
no queda más remedio que echar mano de la representación, cuando
ya la participación es imposible de canalizar de otras maneras.
Lo comprobamos en las organizaciones a las que se atribuye el ejercicio
de la democracia participativa (los sindicatos, los comités cívicos,
etc.), pero que tienen amplios mecanismos de representatividad.
Lo que conocemos como “democracia comunitaria” es justamente eso,
comunitaria, en la medida en que únicamente puede desarrollarse en una
comunidad, porque en ellas hay condiciones ideales para la más amplia
participación de todos los sujetos democráticos. Pero cuando se
trata de un número importante de personas, un número difícil
de manejar sin mediaciones, entonces se tiene que recurrir a la representación.
Efectivamente coexisten dos “culturas”. La una instaurada a partir
del voto, la elección de representantes, en la que predomina la idea de “delegar” el
poder a otra persona, a la cual se puede revocar en determinado momento; pero
sólo para sustituirla por una nueva a la que se volverá a delegar
un mandato. La otra tradición también es de representación,
sólo que más vigilada. Ahí encontraría la diferencia
entre ambas “culturas”.
La
participación “pura” es una construcción teórica…
—Sí. Hay niveles de participación en todos lados: en los ayllus
y también en el club de rotarios. Pero también hay representación
en todos lados.
¿Cuál es entonces la diferencia? (porque también sería engañoso
decir que todo da lo mismo). La diferencia está en que en un caso, cuando
la representatividad es más fuerte que la participación, el sentido
es delegar a un mandatario y revocarlo, y hay muy poco control sobre éste.
En el otro caso, afincado en la acción directa, en las luchas callejeras,
no solamente se propone, sino que se necesita un mayor control de los representantes.
Normalmente las decisiones de esta democracia participativa están destinadas
a ser ejecutadas, a convertirse en acciones colectivas, no a formar órganos
de gobierno; es decir, se trata de una función distinta. Uno no elige
representantes para que ellos vayan a bloquear, o para que ejecuten la huelga. Éstas
tareas son de todos.
Entonces, lo que se pondera tanto de esta democracia, es decir, la
deliberación
incansable, por horas y horas, hasta que el último de los involucrado
esté de acuerdo —esa necesidad muy fuerte de unanimidad que hay
en las asambleas de los sectores sociales que protestan—, no tiene el propósito
de lograr la armonía, sino de permitir la acción conjunta, en bloque,
de un sector. En estas circunstancias, la existencia de grupos disidentes inviabilizaría
la protesta.
No es lo que ocurre en la democracia representativa, que se puede
dar el lujo de las minorías y las mayorías, porque el hecho de que haya una
minoría que tenga otro criterio que el del representante designado no
perjudica en nada que éste ejerza sus funciones. Después, eventualmente,
la minoría se convertirá en mayoría cuando se compruebe
que su crítica era verdadera. La función de este tipo de democracia
es diferente: consiste en formar órganos de gobierno.
Bueno,
pero la democracia comunitaria no sólo se usa para
la pelea, sino…
—Sí, también sirve para las tareas de autogobierno. Está el
taqi: cada ciudadano tiene que recorrer una serie de cargos comunales; de este
modo se van turnando en el ejercicio del poder, que se considera por eso como
una forma de servir a la comunidad, una suerte de impuesto en retribución
de lo recibido antes de parte de la comunidad.
Jorge
Lazarte ha dicho que esta democracia es una democracia “de iguales”,
que excluye al otro, al diferente. El consenso y la cohesión
sacrifican el pluralismo…
—Sí, efectivamente encontramos esto, porque también hay la necesidad
de que todos cumplan funciones políticas; no hay especialización,
no hay ese “estado de separación” entre quienes deciden y
quienes sustentan las decisiones. En la comunidad todos deciden y hacen. Pero
esto tiene un límite, que es el límite de la comunidad. En una
sociedad más compleja eso no se puede reproducir.
Se
critica de la democracia comunitaria que las mujeres no participan
en igualdad que los hombres, que algunos cargos de taqi sólo
pueden ser cumplidos por quienes tienen plata para costearse
el tiempo y los
gastos extras que demandan…
—La comunidad necesita una democracia de este tipo porque es la forma
en que se
autorreproduce. De otras forma no podría cumplir las tareas que en otros
países son responsabilidad del Estado. El hecho de que la sociedad se
autogobierne implica también que se sacrifique. Y entonces, efectivamente,
lo que más se restringe es el individualismo. Quien por alguna razón
no está dispuesto a hacerse cargo de alguna obligación comunitaria,
tiene muchas dificultades para convivir con los demás. Es preciso que
se ofrende a los demás. Hay (en las comunidades) una visión muy “orgánica” de
la vida política que muestra que se trata de otro mundo, de otra mentalidad.
Por ejemplo, si el “voto consigna” para el referéndum se impone
en algunos lugares del país, será a partir de la idea de que el
individuo “le debe” a la comunidad y debe retribuirle. La comunidad
es una especie de “seguro” de vida, porque el individuo solo no podría
sobrevivir.
En cambio, cuando las sociedades se modernizan ya no necesitan
la unanimidad y empiezan a surgir minorías, y por tanto otros mecanismos para administrar
el conflicto interno. Si se puede tolerar minorías es porque se puede
tolerar estados de separación, la existencia de una clase política
especializada.
¿Considera la exaltación de la democracia comunitaria como un intento de
regresar al pasado? ¿Es el deseo de eliminar la democracia representativa
un propósito utópico?
—A lo primero diría que no, porque la democracia comunitaria no está en
el pasado, sino muy viva en el presente de nuestro país. A lo segundo,
en cambio, diría que sí, en la medida en que, como muestra la experiencia
de la participación popular, en un país con un Estado tan débil,
se necesitan espacios de representación y políticas públicas
que trasciendan lo comunitario. La democracia comunitaria tiene muchas ventaja;
pero también muchas insuficiencias y una de ellas es su imposibilidad
de articular una voluntad que vaya más allá de
lo local.
Esto se ha sabido siempre. Lo que pasa es que ahora vivimos
el espejismo de rechazar todo lo que llamamos “representativo”, sin considerar que los espacios
de representatividad son ineludibles. No los podemos erradicar, debemos mejorarlos
con otros mecanismos. Por ejemplo con la que creo es la principal ventaja de
la democracia comunitaria, que es el fuerte control sobre los representantes,
una medida que aunque podríamos problematizar, hace de la sociedad una
sociedad despierta, vigilante, que no deja fácilmente que escamoteen su
voz. En la medida en que se construya una representatividad que, sin dejar de
serlo, esté apegada a la gente, con organismos de vigilancia, etc., nos
estaremos acercando a una combinación ideal. Que en cierto sentido es
un poco lo que pasa en Estados Unidos. Este sistema tan descentralizado de ese
país es una forma moderna de democracia que, quizá paradójicamente,
parece más un norte para nuestra actuación que volver al pasado
a reconstruir las estructuras comunitarias. Lo que tenemos en Bolivia es una
sociedad civil fuerte, algo que tampoco es exclusivamente nuestro; y es algo
que nos puede hacer bien, siempre que haya una institucionalidad que lo convierta
en un aporte enriquecedor, antes que en un medio de bloqueo. Dependerá de
cómo se articulen ambos tipos de democracia.
¿Qué papel desempeña el referéndum en esta articulación?
—Es una muestra muy clara de cómo se pueden combinar las cosas. Será democracia
directa el 18 de julio, cuando la gente podrá tomar una decisión,
mal o bien. Pero después terminará nomás en manos de los
representantes (el Parlamento interpretará los resultados). Este es un
ejemplo de que no puede haber democracia directa sin intermediación. Siempre
habrá un espacio donde se interprete la voluntad de la gente. Toda representación
es siempre una construcción en base a reglas y puntos
de vista.
Por
eso se la critica como un engaño…
—Incluso la democracia directa, como muestra el referéndum, es una traducción.
La sociedad no se puede plantear sin mediadores. No puede hacer escuchar su voz,
alguien tiene que darle forma a esa voz. La sociedad no puede hablar sin ayuda,
y la política es esta ayuda.
Ahora bien, traducir es siempre traicionar. Cuando uno
traduce un idioma, está obligado
a traicionarlo para pensar en otro idioma. Todo representante está inevitablemente
obligado a hacer una reducción de la voluntad popular a los códigos
de la política. El solo hecho de convertir una serie de aspiraciones en
política pública ya implica una traición,
implica seleccionar un punto de vista y dejar de lado
otros. Y esto conduce
necesariamente al descontento.
Lo único que puedes hacer, y esto es quizá lo que ha fallado en
Bolivia, es tratar de que esta “traición” sea lo menos dañina
posible, y que se pueda cambiar con frecuencia a los traductores. Esto implica
la creación de una serie de mecanismos institucionales de evaluación
de la traducción, como la revocatoria de mandato. Es uno de los mecanismos
para evitar la representación tramposa.
¿Es el referéndum
uno de estos mecanismos?
—También, si no es sólo éste del 18 de julio sino que se
repiten sistemáticamente, de modo que se acopien mejor las voluntades
populares. La democracia siempre tiene fases de constitución o fusión
en las que sociedad y política son indiferenciables. El domingo no habrá diferencia
entre el voto de Carlos Mesa y el de cualquier ciudadano. Ahí se fusionarán
los dos. Pero al día siguiente tendrá que haber una nueva separación.
Esto es lo que a veces no se quiere entender. Esta es la dinámica “cruel” de
la democracia. Una vez pronunciada la voluntad, tiene
que haber alguien que la interprete, porque no pueden
hacerlo
todos.
Es
materialmente imposible…
—Sí, y por tanto hay nuevamente un momento de separación entre sociedad
y política. Pero si esta separación se mantiene, como ha ocurrido
en nuestro país, entonces no hay democracia. Tiene que producirse un segundo
momento de fusión en el que se evalúe
lo que se ha hecho, y en el que se recupere, para
la gente,
la posibilidad
de
corregir
el rumbo.
¿Qué pasa entonces con la institucionalidad? Si los momentos de “fusión” abundan
y siempre están en el tapete de la discusión las decisiones de
los representantes, hay riesgos graves para la poca institucionalidad que hemos
logrado los bolivianos con mucho esfuerzo. Además de democracia, los seres
humanos necesitamos orden. La democracia es un medio de búsqueda
del orden, del equilibrio…
—Lo que estamos buscando ahora es una nueva legitimidad. En algún momento
esta se perdió. Por eso tenemos un gobierno tan inseguro, porque no sabe
cuál es el mandato. Por eso no se puede unificar a todos en torno a un
orden, porque no hay un orden que sea aceptable para todos. Ahí está el
gran problema del referéndum: que finalmente no construye una nueva legitimidad,
porque no va a resolver para nada la controversia sobre los hidrocarburos, sino
que la va a plantear de otras maneras, y quizá con argumentos más
complicados, con la posibilidad de que cada uno
enarbole un porcentaje.
Ahora, la pregunta también es qué se podría haber hecho.
Porque lo que se siente en el ambiente no sólo es falta de legitimidad,
sino la presencia de legitimidades enfrentadas y geográficamente localizadas.
A lo mejor si ellas se hubieran plasmado de una manera más clara en un
referéndum mucho más consultivo, entonces descubríamos la
gran verdad de que no podemos vivir juntos. Creo que éste ha sido el miedo
del gobierno, el que lo llevó a buscar los mínimos espacios de
consenso, aunque fuera al interior de la ambigüedad. Cuando no hay certeza
en una legitimidad, entonces una legitimidad ambigüa
viene bien.
Sin duda alguna el referéndum no es un punto de llegada, sino un punto
intermedio hacia algún tipo de consenso
y, por tanto, de orden.
Pero
si tuvieras que escoger entre más referéndums, más
momentos de “fusión” y evaluación, y por tanto desorden,
o menos de todo esto, como quería el anterior gobierno, para eludir la
anarquía, ¿qué escogerías tú?
—Lo primero, porque lo otro no resolvía nada. Podía tener sentido
en 1985, cuando había una legitimidad construida en torno a otros valores
y las minorías están derrotadas. Ahora no es momento de hacer eso,
sino de explorar con mucha más fuerza los espacios de convivencia y consensos
que puedan existir. Esto sólo lo puede hacer la democracia que, finalmente,
es una estrategia para organizar el disenso. La cuestión ahora es cómo
salir adelante a partir de nuestros desacuerdos. Esto es lo que estamos buscando.
Y, claro, el referéndum (del 18) no llena este requisito. Porque lo ideal
sería que se organice el desacuerdo y se elabore un mapa de decisiones
que nos permita escoger un camino común.
La
propia Corte y el gobierno propagandizan el referéndum como democracia
directa; pero no lo es del todo. Es probable que la interpretación de
los resultados, que hemos considerado aquí como inevitable, dé lugar
a descontento. Por tanto, ¿no te parece peligroso el discurso del Estado? ¿No
podría llevar agua al molino de quienes
pretenden barrer con la democracia representativa?
—Estoy de acuerdo. Para que el referéndum fuera realmente “democracia
directa”, habría que elaborar la nueva ley de hidrocarburos y volverla
a someter a un referéndum. De esta manera se evaluaría la interpretación
que se hará de los resultados de esta
consulta.
Sin embargo, creo que el 18 de julio sí marca el inicio de una democracia
con nuevas características, que tiene que ser una combinación
inteligente entre formas representativas y
participativas. (F.M.)
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La democracia participativa es propia de la
protesta. |
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