
JUSTICIA COMUNITARIA
Señor
Director:
COCHABAMBA.— El ajusticiamiento de Benjamín Altamarino,
alcalde de la población altiplánica de Ayo Ayo, por un
grupo de pobladores enardecidos que, después de torturarlo lo
quemaron en la plaza principal de esa población campesina a
nombre de la “justicia comunitaria”, es una muestra inequívoca
de cómo la práctica irracional del linchamiento en nuestra
sociedad se está generalizando peligrosamente como un mecanismo
de “control social” para solucionar o escarmentar el delito
a través de la pena de muerte de facto.
En los últimos tiempos, desde las pantallas de televisión
parece existir una corriente de opinión de algunos analistas
sociales o de comentaristas televisivos, como Alvaro García
Linera o Cecilia Barja, o de líderes campesinos, como Felipe
Quispe, propensa a buscar una explicación ancestral a estos
hechos de irracionalidad social vinculándola a la justicia comunitaria,
es decir a “los usos y costumbres del pueblo aymara”.
Con este tipo de afirmaciones parece darse una falacia, ya que
la justicia comunitaria
en estos pueblos indígenas es de carácter “moralista”:
el infractor es sometido a una sanción moral y simbólica y no así a
un castigo físico que tenga como resultado la “muerte”. La “muerte” del
otro en las comunidades indígenas tiene otras connotaciones rituales,
como en el tinku, y no es la acción cobarde y salvaje del linchamiento.
Asimismo, la justicia comunitaria no tiene las dimensiones de brutalidad
y de cobardía que caracteriza a un linchamiento como define el jurista G. Cabanellas,
que expresa que el linchamiento “es la forma popular, colectiva y tumultuaria
de ejecutar la justicia, satisfacer una venganza o plasmar una aversión,
dando muerte, calificada de ejecución de la pena capital, sin esperar
el pronunciamiento de fallo condenatorio del tribunal competente o como reacción
contra la considerada cual absolución improcedente”.
El linchamiento, entonces, no forma parte de aquellos códigos culturales
ancestrales de la cultura andina, y tampoco es resabio de sus “usos y costumbres”.
El caso del alcalde de Ayo Ayo, por su modus operandi, secuestro de por medio,
y de sus móviles partidarios, responde más bien a una disputa política
de cuño occidental y de una cultura autoritaria que prevalece en determinados
dirigentes políticos de algunos municipios de nuestro país.
En todo caso, la muerte como mecanismo sancionador de las infracciones forma
parte de otras culturas, como es el caso actual de la cultura norteamericana,
ya que en varios estados norteamericanos existe la pena de muerte.
Lo que nos debe preocupar en Bolivia es el aumento de los casos de linchamiento;
su práctica se ha cotidianizado, particularmente en las zonas marginales
de los centros urbanos, lo que revela que nuestra sociedad está transitando
por un sendero peligroso hacia la anomia social. Guatemala y Bolivia comparten
los primeros lugares de los casos de linchamiento en América Latina. Según
una investigación realizada en Bolivia, el año 2002 ocurrieron
en nuestro país 21 linchamientos, casi todos ellos en áreas urbanas.
En varios casos se comprobó después que las víctimas eran
inocentes, y solamente existe la sanción jurídica de un caso
de linchamiento.
Yuri
F. Tórrez sociólogo, actualmente elaborando el libro ¿Por
qué doblan
las campanas?:
El fenómeno del linchamiento en Cochabamba.”

VENTANA
SEDUCTORA
Señor
Director:
La
foto publicada con el pie “¿A quién seduce y a quién
hiere? en la última edición de PULSO merece, a mi parecer, mayor
atención. Se trata de una gigantografía que promociona la educación
que supuestamente ofrece una universidad privada, elaborada con absoluta falta
de criterio, bajo el eslogan “¿De qué lado de la ventana
quiere que estén sus hijos?” El cartel está instalado en
el centro de la ciudad (muy cerca de la UMSA) desde hace ya bastantes meses y
me pregunto si las autoridades de Univalle no se han percatado hasta ahora de
la barbaridad que difunden a través de ese anuncio.
El aviso dice también “excelencia en formación académica”. ¿Es
posible creer tal patraña si desde la propia universidad se comete semejante
falta de respeto hacia aquellos que ejercen oficios tan o más nobles que
cualquier licenciatura? El trabajo, mientras sea honrado y lícito, no
requiere de títulos, primero porque probablemente la mayoría de
los jóvenes de este país no puede pagar la matriculación
en una universidad privada y, pasando por infinidad de razones, porque sencilla
y llanamente, la gente puede trabajar en lo que prefiera, lo que no implica la
obligación de estudiar en una universidad, que es tan sólo una
opción más.
Como son las cosas en Bolivia, me animo a conjeturar que si la realidad
nos ofrece (seguro lo hace) casos como el que ilustra el mentado cartel,
el que
se halla
detrás de la ventana tiene valores más cuestionables que el que
se encuentra afuera, limpiando el vidrio. Lamentablemente, ese es el sentimiento
que provocan los que ostentan su formación y sus posesiones.
Creo que en la vida hay que partir de la premisa de tener buena fe.
No se hiere por simple maldad, es decir, no se promovería la discriminación
con la intención que demuestra el aviso de Univalle, sobre todo si se
considera una institución de alto nivel en educación, que entiende
la realidad boliviana y se percata que ahora más que nunca lo que necesitamos
es la unión, la solidaridad y el respeto mutuos.
Confío, por tanto, en que la Universidad del Valle enmendará su
error. No hacerlo significaría promover la discriminación en aquellos
que “están dentro” y un resentimiento totalmente justificado
en los que “están fuera”.
La discriminación no nace, se hace, y he aquí un claro
ejemplo.
Isabel Navia Quiroga
Comunicadora Social |