
Madurez
cívica es la noción que engloba
las virtudes de un referéndum. La mejor referencia encontrada,
pese a todo, es la del Gobierno, así como la peor es cuanto
se le opone. En este sentido acaba siendo cierto que el referéndum
es un plebiscito para aquél, que mucho lo necesita. En buena
hora.
Referéndum:
la hora de las respuestas
Democracia representativa,
ahora no, sino democracia participativa o, aún mejor, democracia directa, pero a la vez, interrogantes
graves como el insoslayable del enviciamiento y envilecimiento de
la democracia, diciéndolo aquí sin miedo alguno, porque
la democracia, desde siempre —y fue Tocqueville quien nos lo
recordó más que nadie hace dos siglos y más— por
su propia naturaleza tiende a vicios propios. Las estampidas democráticas
son cuando menos peligrosas, y, ya se sabe, asumiendo formas que
debieran serle contrarias, acaban muchas veces en el autoritarismo
y hasta en la dictadura.
Bolivia inaugura este domingo una etapa democrática nueva
en su historia, la de la democracia directa, precisamente, con el
referéndum sobre las políticas del gas que el país
quisiera seguir. ¡Pero cuánto está costando hacerlo!
Justamente las penalidades, sinsabores, decepciones, avances y retrocesos
del proceso que ni siquiera terminará este domingo con el
acto mismo plebiscitario, ya apuntan a lo antes dicho, pues lo que
más parece estar en cuestión para ciertos sectores,
recalcitrantes, es cierto, en nuestras prácticas políticas,
ha venido a ser su propia realización, cuando pocos meses
antes esos mismos sectores lo reclamaban como una exigencia perentoria.
Las circunstancias son atípicas; por ello las preguntas no
han podido ser más simples, y su aceptada complejidad se convierte
en una paradoja, pues esas mismas circunstancias exigirían
lo que aquéllas no tienen. Por sí mismo, un referéndum
debe ser simple y por lo general se cumple ante dudas que están
llamadas a resolver las sociedades; pero no necesariamente en ambientes
políticos tan caldeados como el nuestro ahora, lo que entraña
otra contradicción para el que estamos a punto de realizar.
Dicha alta temperatura se está expresando —sobra ya
decirlo— con arranques de irracionalidad casi sin precedentes
en el país. Se oye decir las cosas más abstrusas sobre
la nacionalización de las empresas de hidrocarburos, para
citar solamente este punto, central desde luego, y por parte, como
se ironiza, de los casi ocho millones de “expertos” en
gas que tenemos en Bolivia.
Nacionalización es la palabra clave. Cómo entenderla,
cómo hacerla aplicable, y con lo curioso del caso que votando
por el SI a la pregunta que se le refiere, el asentimiento estará abierto
a distintas y opuestas interpretaciones, tanto, que ya se dice que
el verdadero referéndum vendrá después en las
calles con la relación de fuerzas que esas interpretaciones
puedan mostrar.
Pero independientemente de todo este laberinto —al que PULSO
dedica esta semana su edición con un trabajo múltiple—,
lo positivo es el cumplimiento del acto, por último como lo
que se lo ha querido mostrar, esto es, como el primer ejercicio nacional
de esta democracia directa tan susceptible a su propia desvalorización
y negación. Los suizos son el pueblo de mayor tradición
referendaria en el planeta; allí hay referéndums para
todo, todo el tiempo y casi en todas las instancias decisionales
del Estado; pero a la vez es un pueblo “despolitizado” en
el mejor sentido, donde la presidencia del país es rotativa
dentro de un cuerpo colegiado y donde no hay ejército, siendo
la nación neutral constitucionalmente pero en capacidad de
armarse en horas con todos sus ciudadanos. Madurez cívica
es la noción que engloba tales virtudes. Con tan buen ejemplo —el
estado norteamericano de California puede ser su reverso—,
quizá en Bolivia estemos dando unos primeros pasos auspiciosos.
La mejor referencia encontrada, pese a todo, es la del propio Gobierno,
así como la peor es cuanto se le opone. En este sentido acaba
siendo cierto que el referéndum es un plebiscito para aquél,
que mucho lo necesita. En buena hora.
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