Una
exposición en el Museo Nacional de Arte da cuenta de una
zona prácticamente desconocida del arte boliviano: la pintura
del siglo XIX. Un libro y una serie de conferencias complementan
el panorama de ese período.
Pintura boliviana 1825-1925
Retrato de un siglo olvidado
Rubén
vargas
Los
esplendores de la pintura colonial son harto conocidos —ángeles
hermafroditas, vígenes-pachamama, sufrientes santos barrocos—;
no menos, las alturas de la pintura moderna y contemporánea,
de Borda y Guzmán de Rojas en el principio, a Arnal y Arandia
hoy en día. Entre estos dos espacios, la pintura del
siglo XIX era una mancha negra, un espacio desconocido.
La primera virtud de la exposición Pintura boliviana del siglo
XIX (1825-1925) es, entonces, echar luz sobre la producción
artística de ese período y, complementariamente, sobre
la sociedad que le dio origen. Esto último porque la exposición —hasta
el 27 de junio en el Museo Nacional de Arte (calle Comercio y Socabaya)— está acompañada
de un libro editado por Teresa Gisbert y Teresa de Aneiva que recoge
todo lo escrito sobre el tema y por un ciclo de conferencias que
abarcará la historia cultural, social y política
de la Bolivia del siglo XIX (28 de mayo; 2, 3, 4 y 8 de junio
a las
19:00 en el mismo Museo).
Su segunda virtud es un acto —póstumo— de justicia.
Es un reconocimiento a la labor pionera y olvidada del historiador
potosino Mario Chacón Torres quien se ocupó hace ya
más de 50 años de la pintura del siglo XIX.

La
exposición.
La
exposición —116 obras de una treintena de artistas— abarca
la diversidad de la pintura boliviana del siglo XIX.
Está, mayoritariamente, la “Bolivia oficial, la de la
clase dirigente”, como apuntó Teresa Gisbert en la inauguración:
retratos de presidentes y otros personajes
públicos, entre
ellos un imponente Mariano Melgarejo de Antonio Villavicencio. Los
retratos civiles son también abundantes y los más atractivos
son, naturalmente, los de las damas, como el de Doña Joaquina
Costas —dizque objeto de devoción del Libertador— pintado
por José Gil de Castro.
La religiosidad, central en la pintura colonial, en la
naciente república
se replegó al arte popular. En la exposición está representada
por vírgenes y santos patronos de gremios artesanales.
Los cuadros y las alegorías de carácter histórico —”El
sueño de Murillo” de Avelino Nogales, por ejemplo— son
otra constante de la pintura boliviana del siglo XIX, y los acompaña
casi siempre una idealización neoclásica.
Los paisajes urbanos, sobre todo de La Paz, encuentran
su más
lograda versión en las obras de José García
Mesa, aunque todos aportan, más allá de sus virtudes
plásticas, una mirada más cotidiana a la
ciudad.
El recorrido por la exposición, apenas esbozado aquí,
termina en una sala dedicada a la “transición” :
el arte de las primeras décadas del siglo XX —Borda,
Guzmán de Rojas, entre otros— que anuncia los caminos
por los que después transitaría la pintura boliviana.