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Decía un taxista: “Yo no sé de hidrocarburos; pero para mí la cosa está clara. Si Manfred Reyes está contra el referéndum, yo estoy a favor. Si él llama a votar por el NO, yo voto por el SI. Todo es cuestión de confiar o desconfiar”.

¿El último round del referéndum?

Cecilia Salazar de La Torre

Las disputas que se juegan en torno al referéndum han tenido una variedad de matices; pero todas, de algún modo, han sido útiles a los amañados quehaceres de nuestros políticos, a los que, queriéndolo o no, se fueron sumando connotados intelectuales de izquierda.
El primer round se produjo ante el anuncio de las preguntas, cuando reporteros de televisión salieron a las calles para dejar sentado que el texto de la consulta era incomprensible y tecnicista y que la gente estaba muy lejos de hacerlo suyo. El ardid utilizado fue provocar en la sociedad un sentimiento de inferioridad que inviabilizara su derecho a participar entre iguales en una consulta democrática, vital para el destino nacional. En ese afán, esta postura nunca pensó en la posibilidad de incidir en la población con un NO, sino transformar esta opción en un NO PARTICIPO. Grave concesión al autoritarismo con el que hasta ahora se han definido las grandes estrategias de política nacional.

¿Ingenuidad?

Sin embargo, lo peor de ello fue el vergonzoso manoseo que se hizo de la “ingenuidad” de la población, descalificada en sus derechos democráticos. ¿El ardid? “El referéndum es una mamada”, es decir, conlleva el supuesto de la trampa en la que el colonizado “cae” por inocente. Frente a la suma “no entiendo y soy ingenuo” está, por supuesto el otro, el político o el intelectual, que lejos de haber roto los esquemas de dominio colonial los hace suyos para dejar sentado que quien interpreta “correctamente” el texto es él, reafirmando así una condición de superioridad frente a los “engañados”. El político o el intelectual “sabe” y está a la expectativa de una palabra, de una coma, de un punto. Lupa en mano, todo parece sospechoso. Con ese fin, improvisados conocedores del tema comenzaron a “estudiar” todo lo que sonara a hidrocarburos y encontrar así las famosas “trampas” del referéndum, transmitiéndolas a una población ajena al lenguaje especializado y en boga, que hoy distingue socialmente a los “expertos”.
Sin duda, en gran parte de la población esta práctica tuvo su efecto (“difama, difama, que algo queda”), especialmente en ciertas dirigencias políticas y sindicales que ven conveniente crear un clima de desconfianza respecto a la consulta. Desplegando un discurso camuflado como “revolucionario”, la oposición al referéndum se tradujo en un mar de intrigas, leídas emocionalmente por la gente, al punto de inducir en ella la creencia de que sus resultados están destinados, por ejemplo, a suprimir el gas domiciliario.

Otros rounds

Otros rounds se fueron articulando sistemáticamente con similares objetivos: el referéndum es ilegal, tú votas pero no decides, seremos ricos si expropiamos, etc., etc. En cada caso, el meollo de la cuestión apunta a mostrar a un gobierno de dudosa condición ética, interesado en darle un golpe a los intereses nacionales y favorecer a los externos. El último recurso lo trajo un joven vaquero que, látigo “moralizador” en mano, se impuso la tarea de demostrar que detrás de los actos del Gobierno hay “gato encerrado” con respecto a las transnacionales. La prueba, ¡eureka!, pasajes y viáticos “mal habidos” por el más influyente y reconocido técnico del gobierno para la consulta del 18 de julio. Detrás del “denunciante”, claro está, permanece impasible aquella estructura partidaria de corrupción que todos conocemos y que hoy se desgarra las vestiduras a nombre de la ética y la soberanía nacional, conceptos que en sus labios no pueden saber sino a aguas turbias. Esta actitud, que en realidad no debe sorprender, sí lo hace cuando de ella se hacen eco nuestros ya mencionados intelectuales de izquierda que vuelven a la carga con sus “pequeñas” e inocentes “duditas”, perdiendo de vista que el más importante componente subjetivo de la socialización nacional-estatal es la certidumbre, más allá de quienes gobiernan circunstancialmente Bolivia. Nuevamente, cobardía de por medio, no se atreven a decirle NO a las preguntas, sino a alimentar esa atmósfera de inseguridad sobre el presente y el futuro del país, a riesgo de su descalabro definitivo.

Si Manfred NO, va el SI

Esta historia no acaba aquí. Hace algunos días me encontré con un viejo taxista que ni bien me permitió subir a su automóvil mencionó que en su largo recorrido por las calles de La Paz nunca había tenido un accidente. Se preciaba de ello y lo señalaba a cuatro vientos. Iniciada la conversación, el tema obligado fue el referéndum. ¿Vota o no vota? ¿Va por el SI o va por el NO? Con aquella sabiduría inusual que suele encontrarse en los “maestros”, el viejo chofer me dio la fórmula que tantos bolivianos “in-expertos” buscamos para responder a la consulta. Me dijo: “Yo no sé de hidrocarburos; pero para mí la cosa está clara. Si Manfred Reyes está contra el referéndum, yo estoy a favor. Si él llama a votar por el NO, yo voto por el SI. Todo es cuestión de confiar o desconfiar”.

* Cecilia Salazar es docente-investigadora del Postgrado en Ciencias del
Desarrollo de la Universidad Mayor de San Andrés (CIDES-UMSA).

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Cecilia Salazar de la Torre

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