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Mestizaje del revés

Jorge Canelas Sáenz

No es correcto ni siquiera aproximarse a reseñar un libro que no ha sido leído en su integridad. Pese a todo, queremos acercarnos al menos a un par de aspectos suyos, tal como los hemos oído en la presentación de Mestizaje, upside down—aesthetic politics in modern Bolivia, de Javier Sanjinés, la semana pasada, y comenzando luego a leerlo. Son más bien resonancias, para decirlo de algún modo, lo que nos convoca y con toda la provisionalidad del caso.
Explícitamente, como está señalado en el libro, se trata de una epistemología distinta la principal herramienta usada —y esto hace ya parte desde hace buen tiempo de corrientes de pensamiento social sobre todo en Estados Unidos con referencia a América Latina— que quiere entender las cosas latinoamericanas desde enfoques y métodos apartados de los que han sido usuales. Que se los elucide y ejercite no en el ámbito mismo a que se refieren —en universidades norteamericanas, por ejemplo—, no debiera ser óbice para acudir a lo importante.
¿ Y qué es lo que nos parece importante ahora mismo? Por un lado, lo que, si estamos entendiendo bien, serían lógicas —al menos dos—, irreductibles, excluyentes las usadas para aquel acto o esfuerzo de comprensión, una racional y la otra así llamada visceral por el autor, aquella occidental-europea o incluso mestiza diciéndolo con alguna violencia, y ésta originaria o indígena; pero como si fueran casi dos especies o subespecies humanas distintas los sujetos para cada una de ellas, lo que ya nos plantea serias reservas de entrada. Consiguientemente, el libro señala la imposibilidad de un mestizaje auspicioso, a no ser que fuese —tal el upside down— el planteado por Felipe Quispe para que los k’aras se indianicen. De aquí para adelante, y con todo el trasfondo que antecede, las consecuencias son innumerables e ilimitadas, afectando a la discutida modernidad boliviana, imposible, en el fondo, o siempre y reincidentemente fracasada, más todavía porque en esos vanos intentos nunca habrían dejado de prevalecer, dice Sanjinés, las prácticas y las nociones colonialistas. Juzgando por la evidencia, es difícil no concordar con el autor en estos dos últimos puntos, más todavía si aquí aparecen en su desnudez las élites nacionales.
El marco de referencia es amplio para el conjunto de las tesis, incluyendo entre sus componentes más próximos la Revolución Nacional de 1952 y, justamente, con su sino de fracaso. Tamayo antes y ahora Felipe Quispe son dos figuras paradigmáticas, aquél como expresión cultural inevitablemente equívoca, y éste como representación de una subalternidad que no quiere mestizaje alguno sino la liberación social, política, racial, económica, completa en una palabra, pues los conflictos y contradicciones, dados siempre en términos de poder entre dominadores y dominados según el autor, ahora, con Quispe y los movimientos indígenas aymaras en particular, ya no encontrarán resolución posible que no sea la libertaria. Conflicto, pues, en términos cada vez más extremos, y aparentemente sin solución posible que no sea violenta o con algún grado de violencia. Liberación, parece ser el grito de guerra; pero a la luz de los datos objetivos sin saberse bien respecto de qué o quiénes, pues puede ocurrir que aquélla termine siendo liberación de sí misma como vía de salida a un mar de confusiones.
En todo caso, ¿tendría que ser necesariamente tal como lo plantea el libro? Una pregunta aquí hecha es la de por lo menos dudas respecto de los coeficientes de valor empleados para las relaciones expuestas. Si Tamayo es Tamayo —como hombre de letras antes que político, definirlo siempre dejará abierto un amplio campo de indeterminación—, ¿es Quispe el Quispe que se muestra en el texto comentado? En toda sociedad hay conflictos en alguna medida semejantes a los nuestros, sin querer hacer mención de las que se nos parezcan en lo indígena y las tensiones de poder tan propiamente nuestras. Por ello es que lo diferente o específico no pueda dejar de ser visto junto a lo semejante. Y si las epistemologías varían según sus objetos de estudio, no podrán hacerlo más allá de ciertos límites, pues, volviéndolo a decir, una misma naturaleza humana habrá que tener en cuenta pese a todo como referencia última y primera, incluyendo el invalorable factor psicológico. ¿Cuánto incide éste, por ejemplo, en las percepciones y conductas de Quispe para situarlo no precisamente en lo que enaltece a la condición humana? A partir de lo real, parece que en este trabajo nuestro autor hubiera hecho no poca pirotecnia y esfuerzos de malabarismo. Quizás ello sea el upside down (el revés del mestizaje), atreviéndonos a decirlo sin siquiera haber llegado a las partes del libro que tocan la estética, prefigurada, en palabras del autor durante el acto de presentación, en pintores nacionales que pintaron o pintan los “gorditos” mestizos —dicho así— que posiblemente son los de la especialización Lara según sus varias versiones. Y esto cuando la estética habría podido ser vista mejor o paralelamente en la configuración de estilos —o en su radical ausencia— por parte de los propios sujetos indígenas, para que, antes de ser pintados como modelos, fueran ellos mismos los protagonistas. Y aquí habría ya no sorpresas sino confirmaciones de que, casos de excepción aparte, la estética indígena —aymara-altiplánica, precisamente— anda por los suelos con tan sólo poner una mínima atención a formas y estilos de vida reflejados en la arquitectura, por ejemplo, y en otros aspectos de la propia vida comunitaria como expresión de belleza.
Pero dejemos las cosas por ahora en este punto, a la espera de un mayor examen del importante e interesantísimo libro de Sanjinés, y señalando además que en el acto de presentación Fernando Calderón adelantó su propia visión crítica que, igualmente, quisiéramos ver plasmada próximamente en estas mismas páginas de PULSO.

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