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¿Por qué plebiscito más que referéndum? Por la sencilla razón de que el país se encuentra, otra vez, en una situación límite, en la disyuntiva entre Mesa o no Mesa, entre democracia o su discontinuidad.

Las preguntas que están detrás del referéndum:

¿Democracia y Mesa?

Como alguien señalaba con justificada sorna, los ocho millones de expertos en gas que tiene Bolivia —apenas un millón menos que su población entera— gozan ahora de la oportunidad de expresar sus conocimientos, sus reservas, sus expectativas y mucho más en el referéndum del 18 de julio, ya definido la noche del miércoles en cinco preguntas presentadas públicamente por el Presidente Mesa. Curiosamente, siguiendo con la misma apreciación, ahora, los expertos, o se muestran reticentes en acudir al voto, al afinar una puntillosidad nunca antes expresada, o directamente contrarios, aduciendo que no comprenden del todo las preguntas, a las que califican de engorrosas y difíciles. ¿Pero y las calles atestadas con pancartas y estribillos diciendo y advirtiendo día tras día, desde bastante antes de octubre pasado, todo tipo de cosas sobre el gas, sobre lo que se debe hacer con él, venderlo, no venderlo, exportarlo o no, por qué puerto en el Pacífico, y a quién, y si con soberanía o no, en qué grado industrializarlo, cuánto de impuestos cobrarles a las empresas productoras y, por último, nacionalizarlo o no de una vez, por supuesto con la exigencia de una consulta popular implícita, vale decir, el referéndum?
Pues, nada. El ejercicio de la democracia directa que conlleva un referéndum —la democracia tan exigida—, no parece contar mucho, justamente ahora, para sus más radicalizados demandantes, ya que es entre ellos donde aparecen los “objetores del referéndum”, objetores de conciencia dispuestos al autosacrificio si es necesario, y situados principalmente en los extremos del espectro político.

Disyuntiva doble

Lo acabado de decir es apenas introductorio del verdadero tema serio, profundo, trascendental del referéndum, que en esta edición de PULSO nos atrevemos a calificar como una disyuntiva entre democracia o no, entre Mesa o no Mesa, es decir, con un carácter ya no tanto de consulta popular sobre el propuesto tema genérico de la política del gas, sino más bien de un verdadero plebiscito sobre la continuidad de la democracia y la continuidad del gobierno de Carlos Mesa.
El referéndum es vinculante, como lo ha sido en sus anuncios desde el primer momento, pero vinculante no sólo para el Gobierno sino también para el conjunto del país, algo sobre lo que es necesario enfatizar. Tal es la naturaleza misma de un referéndum en su esencia democrática. Países como Suiza, por ejemplo, de práctica dos veces centenaria de este tipo de consulta (una carta de un lector así lo ilustra en esta edición), la ejercen permanentemente sobre bases, cierto, que no son las nuestras, si hablamos de educación cívica y política, de consideraciones efectivamente democráticas que suponen la tolerancia y la no violencia, pero con algunas similitudes como la de una triple conformación identitaria —alemana, francesa e italiana— y también la mediterránea, sin costa marítima.

Plebiscito más que referéndum

¿Pero por qué plebiscito más que referéndum? Por la sencilla razón de que el país se encuentra, otra vez, en una situación límite. Precisamente por lo vinculante del referéndum para Mesa, el NO como posibilidad lo inhabilitaría en los hechos para seguir gobernando, ¿o cómo lo haría sin la nueva ley de hidrocarburos que propone, sin el conjunto de una política ya diseñada? La herramienta o el diseño sustitutivo emergente en tal caso, que se resume en la nacionalización de los hidrocarburos, no está ni en el convencimiento ni en la posibilidad real de ejecución por parte suya, pero bastante más allá de sus propios deseos y decisiones. Habría, pues, una imposibilidad objetiva, real, y con ello, sin ninguna duda, otra imposibilidad, la de la continuidad democrática. Puede parecer desmedido y hasta equivocado unir los dos términos yendo más lejos que el no imposible desacato, así fuese parcial, de cualquier resultado: la ruptura democrática sería resultado de la fragmentación nacional. El desacato del SI implica el mismo riesgo, pero nunca al grado de la otra respuesta, un grado extremo y seguramente definitorio. Todo ello sin contar con la fragilidad institucional ya evidente de nuestra democracia ahora mismo, casi en jaque desde diversos ángulos, políticos, sociales, económicos y también militares, al punto de no ser impensable la aparición de un clima que haría imposible la propia realización del acto eleccionario.
Se suele afirmar que los referendums plebiscitarios conducen inevitablemente a perder, como acaba de ocurrirle al presidente colombiano Alvaro Uribe, aunque, dada su sostenida popularidad, sin efectos verdaderamente traumáticos para sus políticas, más bien reforzadas mediante otros recursos. En el caso Mesa la situación es particular: la popularidad que también ostenta el Presidente no es organizable ni en un partido, ni en el Congreso ni en alguna forma de populismo, tanto por su propio estilo y condición personal como por las circunstancias reinantes, de manera que la apelación directa vía plebiscito para fortalecer una legitimidad bien ganada, se muestra como la única forma efectiva y eficaz de sostenimiento, más todavía si una de las cualidades presidenciales suficientemente demostrada es la comunicacional directa que, hasta ahora al menos, es convincente porque denota honestidad. Pero el apoyo popular siempre es erosionable cuando menos se espera, mayor razón entonces para que el Presidente no demore en exponerse ante un plebiscito.

Las preguntas

Ahora bien, las preguntas del referéndum, con lo criticables que puedan ser por su diseño, redacción e intenciones —la política ha obrado aquí con su lógica propia desde el Gobierno—, difícilmente podrían ser objeto de una censura constitucional, como parecen quererlo algunos sectores sociales, sobre todo empresariales del oriente del país. Lo que las caracteriza es su coherencia, gusten o no, su estructurada sucesión y con ello la casi condicionada respuesta en toda la serie a partir de lo que se diga en la primera. En los hechos, son cinco referéndums según las cinco preguntas, y el escrutinio se hará por separado para cada una de ellas. El Gobierno dice confiar en un resultado absolutamente favorable, al tenor de encuestas realizadas. ¿Obedece a esto el principal motivo para el rechazo de los objetores recalcitrantes al acto plebiscitario, es decir, saberse desde ahora perdedores, sin importar su inconsecuencia con la tan exigida democracia cuando de veras se la tiene a mano en su ejercicio?
Los dirigentes de la COB Jaime Solares y Roberto de la Cruz, junto a otros sindicales, cívicos, e incluso políticos en Santa Cruz y Tarija, ya han vertido opiniones descalificantes absolutas, y lo han hecho con el argumento central de que en octubre la caída del presidente Sánchez de Lozada y la llamada “guerra del gas” ya dieron la última palabra, resumida hoy en el concepto “nacionalización de los hidrocarburos”. No hay tal. Pero si lo hubiese, tanto mayor razón para refrendarlo con el voto, como también para quienes sustenten otras posiciones.

 

 

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