Juan
Pablo Piñeiro (La Paz, 1979) es el joven
autor de la novela Cuando Sara Chura despierte, aunque a él
no le guste la idea de “autor”. Para él la literatura
es más bien una escritura conjunta, un tejido de historias,
de voces, de influencias, de homenajes. Así se crea, como
lo hacen los paxp’akus de la plaza San Francisco, un espacio
de ilusión.
Autor de la novela Cuando Sara Chura despierte
Juan
Pablo Piñeiro: “Al final, el que escribe es un paxp’aku”
Rubén
Vargas
Juan
Pablo Piñeiro (La Paz, 1979) para hablar de su novela
Cuando Sara Chura despierte comienza hablando de la fascinación
que le producen los paxp’akus —una palabra aymara intraducible,
y que en una pobrísima aproximación podría referirse
a “charlatán”— de la plaza San Francisco.
“
Siempre me he preguntado —dice— cuál es el espacio
de ilusión de esta ciudad, en qué lugar la gente encuentra
ese espacio. Yo he encontrado ese espacio en San Francisco, donde
están los paxp’akus. Me sorprende su capacidad de oratoria
y cómo su lenguaje puede crear un personaje y también
puede transformarlo. Pueden hablar de los tres cielos o de los extraterrestres
que vienen, y la gente se queda a verlos. Crean una ilusión
y eso es fascinante. Me sorprende su lenguaje, su forma de vivir,
de viajar, de inventarse, de crear. Me he pasado tres meses aprendiendo
sus trucos, viéndoles cómo hablan, qué tienen
en su maletín. Son tipos excepcionales, ellos me han dado
una llave para ver la ciudad. Esta ciudad ha sido siempre una ciudad
de paso, desde su nacimiento era una ciudad de paso entre Potosí y
Cusco. Por eso tiene un afán cachivachero y le gusta escuchar
historias. El paxp’aku encarna eso. Y yo creo que tiene mucho
que ver con la literatura. Al final, el que escribe es un paxp’aku”.
Espacio de ilusión
Entonces, decir que Cuando Sara Chura despierte es un espacio
de ilusión, quizás es una forma adecuada de acercarse
a esta novela. Piñeiro, después de tres años
de escritura y reescritura —a él le interesa, como dice, “escribir,
no ser un escritor”—, ha logrado una novela que descubre
para el lector, como lo haría precisamente un ilusionista,
un mundo próximo y a la vez sorprendente: la ciudad de La
Paz en el momento de su epifanía: el día de la fiesta
del Gran Poder. Y en esa fisura que la fiesta instaura en el tiempo
y en el espacio, quebrando el flujo de lo cotidiano para dar lugar
a otro tiempo y a otro espacio, transitan una serie de personajes
que tejen y destejen la trama más secreta de la ciudad.
En ese espacio de ilusión transcurren las historias de César
Amato, de don Falsoafán y su secretario el Puntocom, la de
Al Pacheco, la de Toby Choque, la de la bellísima
ciega vidente, la del Muerto y, por supuesto, la de Sara
Chura, la
tejedora, un
arquetipo femenino y una sensual Pachamama.
Que el personaje Sara Chura sea una tejedora es un dato central
de la novela, pues ésta es, a su modo, también un tejido. “Esa
es mi apuesta —dice Piñeiro— y para que la novela
sea un tejido (no sé si lo he logrado) estaba convencido de
que cada personaje también tenía que ser un tejido”.
Así, por ejemplo, mientras discurre la novela, el lector puede
ir descubriendo, como quien jala un hilo, que don Falsoafán
está hecho de muchas cosas, que tiene algo de maestro, de
cachivachero, de Quijote, que lo cruzan muchos hilos. “Don
Falsoafán es una de esas gentes que La Paz incuba —dice
Piñeiro—, termina siendo una metáfora de la vida,
al final todos somos medio falsoafanes”.
Y junto a la idea de tejido, en la escritura de esta novela
la evidencia de la paradoja es igualmente central. “Cada persona y cada
personaje de la ciudad de La Paz lleva consigo una paradoja —dice
Piñeiro—, y esa visión de las cosas quizás
se lo debamos a Jaime Saenz”.
El personaje del Muerto —que en realidad está más
vivo que todos— o el de la ciega que es vidente encarnan nítidamente
esa idea de paradoja. “Para mí —dice el novelista— los
personajes femeninos son los más entrañables, como
la ciega que es vidente. Como es un tejido, este personaje se cruza
con guiños a la literatura universal y también con
guiños a cosas de mi vida. Una vez, el la Isla del Sol, he
visto un amanecer. El Sol estaba tan rojo que parecía al mismo
tiempo pudoroso y orgulloso. Era como la primera menstruación
del cielo. He percibo eso como un símbolo de fertilidad. En
ese personaje quería esa paradoja, que sea ciega pero que
a la vez pueda ver, y que su recuperación de la vista tenga
que ver con la fertilidad”.
Escribir
A Juan Pablo Piñeiro —ya quedó apuntado más
arriba— le interesa escribir no ser un escritor. Hay un aire
de paradoja en esta expresión, pero en verdad se trata de
cosas muy distintas. Los “escritores” suelen construir
una imagen de sí mismos, precisamente como “escritores” a
través de la literatura —cosa harto frecuente en estos
tiempos y en estos lares. En cambio, quien quiere escribir no hace
sino eso: escribir, es decir, buscar, crear mundos, seguir huellas,
trabajar un texto una y otra vez. Ahí termina su cometido.
Lo demás es lo de menos.
“
Me parece chistoso ver mi nombre en la portada del libro —dice
Piñeiro, refiriéndose a su novela—. Yo no creo
en el autor, mi idea de la literatura no es esa. Creo que la literatura
es, más bien, una cosa conjunta”.
Y esa “cosa conjunta” tiene varias maneras de entenderse. “Escribir
es un aprendizaje —dice Piñeiro— y ese aprendizaje
tiene que ver con todos los ámbitos donde me muevo. Así he
tenido muchos maestros, como Jesús Urzagasti o Blanca Wiethüchter,
o influencias, como Jaime Saenz o James Joyce. Yo creo que si tú asumes
las influencias no son malas, porque en realidad se convierten en
homenajes. Así tiene que ser. De qué sirve que esos
escritores hayan abierto una brecha, una senda, si tú no la
continúas. Simplemente hay que hacerlo críticamente,
sabiendo que lo estás haciendo. Al final no sé si se
trata de una influencia, me parece más bien que con tus propias
búsquedas estás afinando una sensibilidad”.
Otra punta de la idea que tiene Piñeiro de la literatura la
define él mismo “la literatura conjura una memoria”. “Todo
el tiempo está pasando lo mismo —dice—. La literatura
abre una brecha, un camino, y eso se va actualizando. Lo que le sucede
a Hamlet en Dinamarca también puede estar sucediendo ahora
en Macha”. Y en Cuando Sara Chura despierte, esa “actualización” de
la literatura, ese diálogo intenso de la literatura consigo
misma, es también cosa de todos los días. Así,
la novela teje también sus hilos con otras voces y
otras obras.
Una novela, propia o “conjunta” como le gusta decir a
Piñeiro hace su camino al andar. Así lo está haciendo
Cuando Sara Chura Despierte. Sus mundos, sus personajes,
su frescura, su humor, su cuidadosa escritura, para ser fiel
a
las ideas que
la gobiernan, sigue tejiendo sus hilos con sus lectores.