

Como
los designios de los dioses de la mitología
griega, olvidados junto a tantas otros “detalles” en Troya,
los de la industria de celuloide son impajaritables. Gladiador (Ridley
Scott/2000) anunciaba el renacimiento del peplum. Para quienes desconocen
el término, tal género se nutría, en los 40 y
50 sobre todo, de excursiones californianas libres a los tiempos de
romanos y griegos, empaquetadas en megaproducciones seudohistóricas.
No se trata empero de una renovación, es, por el contrario,
el regreso, con olor rancio, a los actores musculosos, las playas mediterráneas,
las hordas de extras, los vestuarios ridículos, los diálogos
cursis a guisa de poéticos. Sólo el cartón piedra
de las escenografías ha sido substituido por los efectos vía
ordenador.
Con asombroso desparpajo los créditos del film pretenden que
el libreto de David Benniof está inspirado en el poema épico
de Homero. Nada que ver, estamos en presencia de una sinopsis para
estudiantes reacios a la lectura. No conozco los antecedentes de Benniof,
pero me pregunto si él a su vez no se habrá ilustrado
con una edición de La Iliada en Selecciones del Reader
Digest.
Resumamos la intriga. Troya es una ciudad fortificada bajo
ataque de la armada griega comandada por el espartano Menelao
y el miceno
Agamenón.
Todo el barullo se debe al comportamiento nada prolijo del príncipe
troyano Paris, que aprovecha una misión de paz en Esparta para
fugarse con Helena, esposa del rey Menelao, desatando la justificada
ira de éste y de su hermano Héctor, quién señala
atinadamente que no es correcto llevarse a la mujer del anfitrión
aprovechando una visita protocolar. Homero, autor del primer gran poema
novelado antibélico no quedaba en eso ciertamente, adentrándose
por el contrario en los vericuetos de la lucha de los humanos contra
el destino manipulado por los dioses, en las complejidades del poder
y en las ambivalencias de la pasión amorosa.
Petersen y su guionista no llegan ni cerca, prefieren la
simplificación
anecdótica de 10 años de guerra y conflictos con el afán
de desencadenar cuanto antes casi tres horas de estética de
boutique, de batallas confusas, con un helicóptero filmando
tomas aéreas que alternan de manera monocorde con otras fragmentadas
y con primeros planos desenfocados. 200 millones de dólares
se oblaron para exhibir este desfile de modelos de sandalias y minifaldas
y contar el más largo proceso de fabricación de un caballo
de madera de la historia. Se conoce el escaso apego de los carpinteros
a los compromisos, pero 10 años y 163 minutos asediados
por el torpor parecen sinceramente demasiado.
El tratamiento mutó a las complejas criaturas homéricas
en lineales estereotipos pragmáticos: Paris es un galán
afeminado, Héctor el noble de buen corazón, Patroclo
el joven con vocación de combatiente, Agamenón el sicópata
senil, todos ellos enfrascados en un contencioso de egos, con el estridente
acompañamiento de miles de soldados gestados en el
disco duro.
Helena (Diane Kruger) resulta más adecuada para promocionar
una línea de cosméticos que para inspirar la movilización
de 1.000 barcos, así sean virtuales. Por su parte, Paris (Orlando
Bloom) es más lindo que su partenaire, tiene en cambio
el carisma de un adobe.
Durante el primer apogeo del peplum alguien opinó que si los
pechos de Víctor Mature (encargado de fingir ser Hércules,
Sansón et. alt) eran más voluminosos que los de sus coprotagonistas
femeninas, algo andaba mal en el mundo. El asunto ha empeorado al parecer.
Brad Pitt (Aquiles) pasea sus pectorales anabolizados y luce faldas
breves, peleando como un bailarín de ballet para arrobo de todas
las damas troyanas. Aquiles, dice Homero, era el más grande
luchador de todos los tiempos, Pitt asume su personaje cual si descreyera
radicalmente de semejante afirmación.
Los diálogos del conjunto están recitados sin convicción,
lo que es una suerte puesto que son tan malos que ni cabe imaginar
cómo sonarían pronunciados de manera enfática.
Extremando una lectura política de esta nulidad cinematográfica
cabe constatarse la maldad de los griegos. Sin embargo, advertido su
triunfo final, su brutalidad podría exculparse en nombre de
la eficacia, lo mismo que la de Agamenón, cuyo único
propósito es perpetuar el honor de su nación
. Como Bush 2do. Digamos.
Hasta 1984 Wolfgang Petersen era una prometedora figura del
nuevo cine alemán. Ese año, con La Historia sin Fin, saltó a
la notoriedad y a Hollywood, donde ahora, con esta historia
sin sentido, ha dado un nuevo paso de gigante hacia la nada.
Queda eso sí una moraleja instructiva: a caballo regalado
conviene mirarle los dientes. No vaya a ser que adentro se
encuentren cientos
de hombres armados y sospechosamente ataviados con vestiditos
dos talles menores de lo necesario.
FICHA
TÉCNICA.- Tit. Orig: Troy- Dirección.: Wolfgang
Petersen- Guion: David Benniof sobre La Iliada de Homero- Fotografía.:
Roger Pratt- Montaje: Meter Honess - Diseño: Nigel Phelps- Efectos:
Mario Cassar.- Música: James Horner- - Producción: Winston
Azzopardi, Wolfgang Petersen, Diana Rathbun, Colin Wilson- Intérpretes.:
Brad Pitt, John Shrapnel, Brendan Gleeson, Diane Kruger, Eric Bana,
Orlando Bloom, Julian Oliver, Brian Cox, Nathan Jones, Adoni Marapis,
Jacob Smith, Siri Svegler, Lucie Barat, Ken Bones, Manuel Cauchi, Mark
Lewis Jones, Garrett Hendlund, Sean Ben, Julie Christie, Meter O’Toole,
James Cosmo, Nigel Ferry, Trevor Eve, Owain Yeamon, Saffran
Burrowsa, Luke Tal, Matthew Tal, Rose Byrne, Vincent Regan,
Tyler Mane,
Louis Dempsey, Joshua Richards, Tim Chipping, Alexis King,
Frankie Fitzgerald
- USA /2004. |