# 72
El
coloquio de los lectores (FCE, Buenos Aires) es el más
reciente libro de Robert Darnton, curioso historiador de la
las curiosidades de la cultura y, en especial, de los avatares
de la lectura. Este es un fragmento.
Rousseau,
inventor de la antropología
Robert
Darnton
Cuando en 1938, Claude Lévi-Strauss localizó a los
Tupi-Kawahib en las profundidades de la selva amazónica,
enfrentó un problema que aún ocupa el centro de eso
que los franceses llaman “ciencias sociales”: ¿cómo
darle sentido al Otro? Ningún otro europeo había
puesto los ojos en ese segmento de la humanidad, una de las últimas
tribus perdidas aún no tocada por una tesis doctoral. Su
idioma era impenetrable, su mundo mental estaba fuera del alcance
de Lévi-Strauss. De modo que dobló su tienda de campaña
y empezó a recorrer de regreso el camino hacia la civilización,
aferrándose al único ítem en su bagaje cultural
que parecía ofrecerle una salida de la jungla: los escritos
de Rousseau.
Pensar en Rousseau era una manera de hacer a un lado la vegetación
de la selva y sus reflexiones encajaron de maravilla en el recuento
filosófico de la experiencia que Lévi-Strauss publicaría
en 1955 como Tristes Trópicos. Sin embargo, Lévi-Strauss
no invocó la trillada idea de Rousseau como filósofo
del primitivismo. Dejando al lector en lo más hondo del
Amazonas, Lévi-Strauss interrumpió su relato con
un análisis sobre el Discurso sobre las artes y las ciencias,
el Discurso sobre el origen de la desigualdad y El contrato social
de Rousseau. ¿Por qué este largo rodeo por la literatura
francesa?, uno se pregunta. Mi respuesta es que Lévi-Strauss
reconoció en Rousseau a un ancestro tribal.
Cada época crea a su propio Rousseau. Ha habido el Rousseau
robespierrista, el romántico, el progresista, el totalitarista
y el neurótico. Yo quisiera proponer a Rousseau el antropólogo. Él
inventó la antropología del mismo modo que Freud
inventó el psicoanálisis. Nada de lo que escribió correspondería
a los patrones de la revista American Anthropologist. Pero si releemos
sus escritos desde una perspectiva fresca, nos podremos enterar
de lo que es vivir las contradicciones de un sistema cultural y
superarlas al entender a la cultura misma.
Desde luego que la antropología tiene otros Padres Fundadores.
Pero su genealogía luce diferente ahora que las disciplinas
académicas se han agrupado en nuevas configuraciones. En
lugar de la vieja división tripartita —ciencias naturales,
ciencias sociales,humanidades— comienza a emerger una nueva
coalición de las ciencias humanas. Reúne disciplinas
relacionadas con la interpretación de la cultura —ciertas
variantes de la antropología, de la sociología, de
la historia, de la crítica literaria y de la filosofía— en
contra de aquellas dedicadas a descubrir las leyes de la conducta.
En lugar de indagar la causa de los hechos, las nuevas humanidades
tratan de comprender el funcionamiento de los sistemas simbólicos.
Tratan de pensarse a sí mismas en formas de pensar ajenas
y tratan de ver cómo es que las formas de pensar dan forma
a los esquemas de conducta. Estudian la conducta más como
una actividad que como un cuerpo inerte de ideas: como algo más
cercano a la materia de la política que a la bodega de los
museos. Y por tanto ya deben estar preparadas para reconocer a
Rousseau.
É
l se topó por primera vez con el problema central de las
ciencias humanas una tarde calurosa del verano de 1749. Caminaba
de París hacia Vincennes, en donde tenía la intención
de visitar a su amigo Denis Diderot. Las cinco millas de camino
pasaban por el Hôpital des Enfants Trouvés, en donde
Rousseau abandonará a su hijo natural,hasta llegar a la
fortaleza medieval en la que entonces estaba encerrado Diderot
por publicar sus heréticas Cartas sobre los ciegos.
| Al
civilizarse a sí mismo, Rousseau llegó a
reconocer a la civilización por lo que era: un proceso
de corrupción... Al apartarse del camino, se apartó de
la cultura dominante de su época y se convirtió en
el primer antropólogo. |
Con
el sol pegándole de lleno, Rousseau sacó un ejemplar
de la revista literaria que se había traído para
leer en el camino. Su vista se detuvo en el anuncio del tema que
proponía la Academia de Dijon para un concurso de ensayos: “El
progreso de las ciencias y de las artes ¿ha contribuido
a corromper o a purificar las costumbres?” “Así que
hube leído esto se abrieron a mis ojos nuevos horizontes
y me volví otro hombre... Incapaz de respirar mientras caminaba,
me dejé caer bajo uno de los árboles que estaban
junto a la avenida; y me pasé ahí una media hora
en tal estado de agitación que cuando me incorporé me
di cuenta que el frente de mi chaqueta estaba empapado completamente
de lágrimas aunque no me di cuenta de que estuviera llorando...
Si hubiera podido escribir tan sólo un fragmento de lo que
vi y sentí debajo de ese árbol,con qué claridad
habría expuesto las contradicciones del sistema social”.
La historia está plagada de momentos de revelación.
Pensemos en Arquímedes en su baño, en Pablo en el
camino a Damasco, en Newton bajo el manzano; pero aun en el caso
de que esas escenas hayan sucedido realmente, llegan a nosotros
rodeadas de tanta mitología que tendemos a eliminarlas.
Rousseau ciertamente hizo un mito con su propia vida. Sin embargo,
no podemos meternos en sus Confesiones separando la retórica
de la realidad, porque él arregló su propio yo con
la ficción. Más vale tomarlo al pie de la letra y
con sus propias palabras, y preguntar por qué el tema propuesto
le pareció tan significativo en el camino hacia Vincennes.
Porque Rousseau lo tradujo en términos personales: ¿Cuál
es el sentido de mi vida? ¿Qué es lo que he hecho
mal? Buscar una respuesta lo conduciría de sus oscuros orígenes
a las “contradicciones del sistema social”, esto es,
a fin de cuentas, hacia la antropología.
El itinerario de Rousseau por la sociedad del siglo XVIII es
sorprendente, incluso concediéndole algo al elemento mítico que
está presente en su relato. Hijo de un relojero en la frágil
república de Ginebra, Rousseau vino al mundo en una posi
ción modesta dentro de la jerarquía social y al poco
tiempo se sumió hasta el fondo. Su madre murió; su
padre desapareció; sus parientes se encargaron de arreglar
su ingreso como aprendiz con un abogado y con un grabador, pero
el niño no se disciplinó. Un domingo en la tarde,
cuando jugaba con los amigos afuera de los muros de la ciudad,
Rousseau escuchó el toque de queda. Corrieron hacia la puerta.
Demasiado tarde: estaba cerrada. Tendrían que pasar la noche
fuera y a la ma ñana siguiente recibir el castigo a su negligencia.
Como era la segunda ocasión que a Rousseau le daban de varazos
por la misma falta, Jean Jacques, un adolescente de quince años,
le dio la espalda a Ginebra y cogió camino.
Durante los trece años siguientes vivió de un lado
para otro. Como converso a sueldo del catolicismo, en Turín,
conoció el precio de su alma: veinte francos —el sueldo
de una semana de un trabajador no calificado. Como lacayo en una
propiedad de nobles, midió la distancia entre los extremos
de los gentiles y los villanos y se dio cuenta de cuál era
su lugar. Vagando por los Alpes, urdió una estratagema para
obtener comida de los campesinos exhibiendo una fontaine de Héron
que al parecer cambiaba el agua en vino. Al volver a Annecy, se
fue a vivir con Madame de Warens sin volverse empleado, ya que
no hacía nada para ganarse el sustento, o era un mantenido,
pues a ella, entre las sábanas, la llamaba “Mamá”.
En una excursión por Suiza, Rousseau tomó un cuarto
en una posada, comió hasta saciarse, y a la mañana
siguiente avisó que no tenía dinero para pagar la
cuenta. Más adelante logró mantenerse dando clases
de música, aunque a duras penas podía leer una partitura.
De hecho, llegó a organizar un concierto en Lausana, usando
un nombre supuesto, pero los músicos lo sacaron del podio
carcajeándose. En su momento, Rousseau halló un
mejor modo de hacerse de dinero en efectivo: un falso archimandrita
de
la iglesia ortodoxa griega que recababa fondos para restaurar
el sagrado sepulcro en Jerusalem.
Haciendo las veces de intérprete y presentador, Rousseau
condujo al griego a lo largo de un divertido viaje por Friburgo,
Berna y Soloturn. En la última parada, el embajador francés,
quien había trabajado en Constantinopla, vio a través
del disfraz del archimandrita y lo mandó arrestar. Pero
Rousseau se las arregló para convertir este tropiezo en
una ventaja. Por medio de una confesión bien estructurada,
se ganó la protección del embajador y salió de
Soloturn con cien francos y cartas de recomendación para
conseguir trabajo como tutor en París.
Hasta este punto, el relato parece encajar en el molde de muchos
relatos picarescos. Si Mark Twain lo hubiera contado, habría
sonado como las aventuras del duque y el rey en Huckleberry Finn.
Si hubiese salido de la pluma de Voltaire, se habría transformado
en una retahíla de insultos —apóstata, lacayo,
ladrón, gigoló, hombre de confianza— en forma
de coplas rimadas, como en El pobre diablo. Pero en la versión
de Rousseau, el relato posee una extraña cualidad poética.
Es un idilio sobre la inocencia perdida. Y tiene una dimensión
social que ha logrado eludir la atención de la mayoría
de los comentaristas.
La primera mitad de las Confesiones nos lleva por todos los niveles
de una sociedad altamente estratificada, del mundo de los trabajadores
manuales y de los siervos al de los aristócratas y embajadores.
También nos lleva a las afueras de la jerarquía de
los “estados” sociales bien definidos y nos mete en
el interior de la población flotante del Antiguo Régimen.
Artesanos itinerantes, trabajadores inmigrados, limosneros, desertores,
actores, montañeses, ladrones: estos hombres sin rumbo fijo
inundaban el paisaje social. Incluían una subespecie peculiar,
la del intelectual estafador, quien vivía de su ingenio,
divirtiendo, seduciendo, suplicando, instruyendo y ganándose
la confianza donde quiera que hubiera un protector que estafar
o unos centavos que ganar.
Los intelectuales estafadores aparecen en los primeros capítulos
de las Confesiones, en especial en el relato que ofrece Rousseau
de la propiedad de Madame de Warens, que él recordaba como
un Jardín del Edén invadido constantemente por las
ser pientes: Bagueret, hombre de confianza que mer maba la bolsa
de la dama después de fracasar en su intento de hacer fortuna
con Pedro el Grande; Wintzenried, peinador itinerante que aprendiera
a hablar como bel-esprit parisino seduciendo marquesas; y, sobre
todo, Venture de Villeneuve, músico errante cuya llamada
en la puerta, una tarde del invierno de 1730, adquirió en
la memoria de Rousseau el sonido de los citatorios fatales a París.
Según la reconstrucción que hiciera Rousseau, Venture
era un parisino puro: mal hablado pero bien vestido y con todo
un anecdotario sobre actrices, óperas y bulevares. Perturbó a
Jean Jacques: ¿qué gloria podría ser mayor
que la de hacerse de una figura en la República de las Letras?
El joven Rousseau trató de moldearse a sí mismo bajo
el arquetipo parisino. Con la ayuda de Mamá, compró el
traje apropiado, aprendió a usar el sable, tomó clases
de baile y estudió música. Durante un tiempo, Rousseau
compartió habitación con Venture y hasta llegó a
adoptar una parte del apellido de Venture como un alias —Vaussore
de Villeneuve— cuando en Suiza emprendió su gira embaucadora
como maestro de música. Ese camino llevaba inevitablemente
a París —no el París dorado de los salones,
sino el París de los escritores a destajo. Armado con sus
cartas de recomendación, Rousseau varias veces intentó colarse
en los salones. Pero cuando se presentó ante Madame Bezenval,
lo primero que ella pensó fue en mandarlo a comer con la
servidumbre. Madame de Boze le hizo un sitio en su mesa. Pero al
pasarle la comida, Rousseau tomó un bocado con su tenedor
en lugar de primero tomar el plato y luego servirse una porción —una
metida de pata que ella registró gracias a la intervención
de uno de sus entrometidos sirvientes que se encontraba a las espaldas
de Rousseau. La conciencia de clase se crea a partir de pequeñas
heridas como éstas. A pesar del tutelaje de Mamá,
Rousseau las experimentó todos los días. Tenía
demasiado sucias las uñas para dominar el código
de la alta sociedad (le monde). Así que se retiró a
un territorio neutral, como el del Café Maugis, entre cuyos
tableros de ajedrez se volvió cliente regular, y como el
cabaret de Madame La Salle, en donde escuchaba a los jóvenes
acomodados ufanarse de sus aventuras con las bailarinas de la ópera.
Frecuentemente estas aventuras concluían con la entrega
de un recién nacido al Enfants Trouvés. Así que
Rousseau se apropió del ejemplo a seguir cuando su propia
amante quedó embarazada.
Thérese la Vasseur no bailaba en la ópera. Lavaba
la ropa en la casa de Rousseau y no entendió cuando él
le explicó cómo era que las “honnétes
gens” se deshacían de sus críos. Finalmente
su madre se lo explicó. La anciana reconocía que
Rousseau era un “Monsieur” que, en caso de que él
quisiera unirse con su hija, podría sacar a toda la familia
de la indigencia. No porque Jean Jacques hubiera hecho dinero.
Había sido incapaz de colar su sistema de notación
musical, no había encontrado patrocinador para una ópera
y no había logrado que la Comédie Italienne montara
su Narcissus. Pero después de abandonar las esperanzas de
ingresar a le monde como una figura literaria, aterrizó en
un trabajo secretarial en la rica propiedad de Madame Dupin. Esto
le produjo novecientos francos anuales, suficientes para mantener
a Thérese y para darle de comer a la mayor parte de la familia.Ésta
era la situación de Rousseau en octu bre de 1749 cuando
se dirigía a visitar a Diderot en Vincennes. Las circunstancias
de Diderot a duras penas eran mejores. Al igual que Rousseau, venía
de una familia de artesanos. No había podido ascender muy
alto en la República de las Letras y se había comprometido
con una mujer de muy pocos méritos en la escala social —la
hija de una lavandera— a la que no sólo amaba sino
con la que se casó. Los dos hombres lucharon contra los
mismos obstáculos en el mismo medio. Mientras fatigaba el
camino hacia Vincennes, Rousseau vio a su amigo como una víctima
del despotismo. Años después, cuando evocó la
vida de ambos escritores a sueldo, Diderot vio a Rousseau como
el sobrino de Rameau.
Ese último punto puede ser imposible de probar, cuando menos
a la satisfacción del ejército de expertos de Diderot.
Pero yo veo algunas similitudes sorprendentes entre el antihéroe
de El sobrino de Rameau y el héroe de las Confesiones de
Rousseau. Los dos eran músicos. Los dos eran adictos al
ajedrez. Los dos eran unos genios medio locos y unos fabulosos
excéntricos. Los dos vivían en los márgenes
de la buena sociedad, subsistiendo de las migajas que les daban
los ricos y los poderosos. Y los dos subvirtieron la moral convencional,
exponiendo más adelante la hipocresía del mismo código
que los condenaba. Que Rousseau sirviera o no en efecto como modelo
para la obra maestra de Diderot es un problema “académico”.
Pero al imaginar a Rousseau como el sobrino de Rameau, uno se puede
hacer una idea de su manera de pensar en el camino a Vincennes.
Vagaba en un salvajismo moral, y llegó, como él dijo, “presa
de una agitación que parecía delirio”. ¿Corrompió o
purificó a la moral el progreso de las artes y de las ciencias?
El problema planteado por la Academia de Dijon llegó a la
existencia de Rousseau. Pero él no respondió en términos
personales; no todavía. Tampoco adoptó la sencilla
postura que a veces se le atribuye: el hombre es naturalmente bueno,
la sociedad es mala. El Discurso sobre las ciencias y las artes
adelantó un argumento más sutil que atravesaría
todos los escritos posteriores de Rousseau: la cultura corrompe
y la cultura absolutista corrompe absolutamente.
En lugar de novelar sobre cierto estado primitivo de la naturaleza,
Rousseau vio que la moral era un código cultural, las reglas
no escritas de la conducta, del conocimiento y del gusto que mantenían
unida a la sociedad. El hombre no podía prescindir de eso,
porque el hombre desprovisto de la cultura era el bruto hobbesiano,
privado de una existencia ética. Pero el hombre altamente
civilizado, l'homme du monde que dividía su tiempo entre
la ópera y el cabaret La Salle, era peor todavía.
Al civilizarse a sí mismo, Rousseau llegó a reconocer
a la civilización por lo que era: un proceso de corrupción.
Ese reconocimiento le dio de lleno en el camino a Vincennes. Al
apartarse del camino, se apartó de la cultura dominante
de su época y se convirtió en el primer antropólogo.

Bajo
el sello de Plural, se pondrá en circulación
Boca abajo y murciélago, el libro con el que Antonio Terán
Cabero (Cochabamba, 1932) ganó el Premio Nacional de Poesía “Yolanda
Bedregal” 2003. Éste es un adelanto para nuestros
lectores.
Cuatro
poemas de Antonio Terán
Cabero
AHORA
QUE ES ENTONCES
ahora que es entonces y es la hora
de narrarte en el agua mi hechicero
quisiera en otra pascua abrevadero
de vida y no de muerte seductora
irredento
se finge aquella espora
del último lugar que no el mesero
de posada sin vino ni caldero
donde el tiempo nos clava y nos demora
y
asumiéndose impulso retenido
deja de tropezar su paso herido
porque se ha descubierto desmesura
la
de saberse sueño sin cordura
y aun así proclamarse aquella pura
presencia con que sueña el propio olvido
ENTRE
LINEAS
escribo
aquella tarde
el viento
escribo aquel amor
y el río de mi infancia
escribo ayer
por último
ahora que es entonces
sólo acuden espectros
me niego a pronunciar
estuvo
me busco en ese sitio
entre lo escrito y lo borrado
por mí
en el poema
LA
NAO
una
cáscara apenas
en la impalpable imagen de los signos
con que se sueña alado un topo
una canción en la quietud del río
y en la canción un barco
desperazándose
huye tú visitante casual de este paraje
si no quieres quemarte en una hoguera silenciosa
la no colmada sed del puro instante
le ha dado nacimiento
a pesar de sus huesos de carcoma
sobre un río sin agua
porque ya estuvo en el infierno
y despierta en el vientre de una clara botella
como una melodía
en medio de la noche
iluminando un charco
esa calle de la infancia
aquel farol bajo la lluvia
o sólo el barco de papel que ha remontado
la corriente
y ahora tiembla en mi mano
más allá del íntimo velamen
le espera el laberinto
del otro inmenso mar
donde las férulas no llegan
podrá entonces gritar todos los gritos
que no fueron
en la precaria palidez de nuestros días
así navegue en círculos
dentro del ojo ciego de la esfinge
todo en la breve eternidad
de narrarse en el agua
GONZALO
VASQUEZ MENDEZ
la
esfinge
es sólo viento sobre el páramo
preguntar por el sí y por el no
no conduce a parte alguna
pon mejor a tu gato
de modo solitario y absoluto
a la altura de kant
y aunque sangre tu seso en su parcela izquierda
vuelve al ceibo en cuyas flores
resplandecía una doncella
doña clara
mi pródiga doñita
renuncio a mi cabeza y me doy al azar
no le cuente a mi mujer
que he vuelto a tropezar en este verso
dígame si el canario está en su jaula
no vaya a ser que el humo
ensombrezca el escaso perfume de la casa
no descuide mis rosas
debo enterrar a nuestro muerto más reciente
hoy le toca a gonzalo
por mí no se preocupe
aun de bruces
sangrando contra el suelo
ya no suelo gritar
mierda
y sobre todo no pregunte
de qué sirve preguntar doña clarita
lo que está más clarísimo que el agua |

Tauromaquia
Sabida es la historia
del emperador chino fascinado por un combate de grillos cuyo
resultado designaría al vencedor
de la batalla que se aprestaba a librar. Cuando, casi sin aliento,
su fiel general vino a anunciarle que el enemigo había pasado
al ataque, le ordenó retirarse ásperamente, incapaz
de abandonar el espectáculo que tenía ante sus ojos.
Los insectos no se equivocaron: apenas acababa el emperador de
asistir a la derrota del grillo portador de todas sus esperanzas,
cuando se le comunicó que sus propios soldados habian sido
batidos.
En una obra publicada en Londres en I902, Leonard Williams explica,
por su parte, que en el mismo momento en que las tropas napoleónicas
se apoderaban de las fortalezas de Barcelona y de Pamplona, además
del castillo de Figueras, la multitud se apiñaba con entusiasmo
en las plazas de toros, sin prestar la menor atención a
los excesos de todo tipo perpetrados por las fuerzas de Murat en
las calles de esa última ciudad.
El periodista Carlos Luis Alvarez contaba la anécdota siguiente: ¿Cuándo
había sucedido y quién estaba en la plaza? ¿El
Gallo? ¿Guerrita? Le era imposible precisarlo. Lo que sabia,
en cambio, con certeza, es que un extraordinario silencio se abatía
sobre la plaza de Madrid. La actuación estaba tan exenta
de engaño, la belleza era tan evidente, tan solemne, el
animal y el hombre tan perfectos, que hasta los más exigentes
contenían el aliento.
Un vendedor ambulante cometió la imprudencia de aprovechar
ese silencio para anunciar sus bebidas frescas. Lo detuvo con la
punta de su bastón un viejo, que le aseguró sin rencor,
pero con la más firme determinación: “¡Hoy
los mercaderes se quedan fuera del templo!”.
Hay sin duda menos desprecio del que podria suponerse en esta observación
de H. V. Morton (Un extranjero en Es-paña, Londres, Methuen & Co.
Ltd., 1955):
“
En la corrida, la entrada del presidente en su palco es, ciertamente,
la única prueba de que un español puede acudir a
tiempo a una cita”.
Autor de una guía turistica en tres volúmenes para
orientación de viajeros en España, publicada en Inglaterra
en I845, Richard Ford señalaba por su parte:
“
No porque las mujeres españolas asistan a las corridas antes
incluso de ser capaces de reconocer las letras del alfabeto o de
saber lo que significa la palabra amor son por ello más
crueles que otras”.
No puede uno dejar de preguntarse por qué Saura, a quien
tanto le gusta la corrida, se complace tanto en escarnecerla ¿Sería
porque convierte todo en irrisorio? ¿Sería por pudor?
Tal vez quepa encontrar un comienzo de respuesta en este texto
de Antonio Machado:
“
Si veis que un torero ejecuta en el ruedo una faena impecable y
que la plaza entera bate palmas estrepitosamente, aguardad un poco.
Cuando el silencio se haya restablecido, veréis, indefectiblemente,
un hombre que se levanta, se lleva dos dedos a la boca, y silba
con toda la fuerza de sus pulmones. No creáis que ese hombre
silba al torero —probablemente él lo aplaudió también—:
silba al aplauso”.
José Bergamin: “En el toreo todo lo que no es milagro
es trampa”.
Nos cuenta esta anécdota el propio Leonard Williams:
En julio de 1899, una vaca brava que era conducida al matadero
se escapa en las calles de Segovia. Hiere a un vendedor de huevos
y vuelca su puesto. También resultan heridos una mujer que
estaba cerca y el niño que llevaba en los brazos. Pronto
la atacante arremete contra un vidriero. Sus vidrios no resisten
mejor que él el asalto. Otros transeúntes son, con
intensidad distinta, perseguidos y heridos por la vaca.
Aparece en ese momento el novillero Valentin Conde. Sin oir más
que a su coraje, se precipita en su casa, toma el estoque y vuelve
veloz al iugar del drama. Se saca la camisa que utiliza como muieta
y mata en el primer intento aplandido por la multitud.
Leonard Williams concluye: “Si los vendedores de huevos,
las madres de familia y los vidrieros llevasen un pequeño
estoque y supieran servirse un poco de él, nunca una vaca
hubiera causado tantos destrozos”.
He soñado que Suiza autorizaba las corridas a condición
de que los cuernos del toro, debidamente desinfectados por el veterinario
de servicio, se mantuvieran en un embalaje estéril hasta
el tercio de muerte.
Lidiado por Lagartijo en Málaga el 3 de junio de I877, el
toro Cucharero era tan gigantesco, se mostró tan bravo y
monstruosamente fuerte, que en la décima suerte de varas
los picadores ni siquiera habian conseguido hacerlo san-grar. Lagartijo
fue incapaz de realizar el menor encadenamiento de pases. El torero
mató sin gloria, con un esfuer-zo increible. Sudoroso, jadeante
y contemplando todavía con terror al monstruo inmóvil,
Lagartijo, aturdido, tan sólo repetia: “¡Maldita
sea la vaca que te parió!”.
Retirado de las plazas hacia largos años, Lagartijo, con
la punta de su bastón, todavia daba golpecitos con regu-laridad
en su salón a la cabeza disecada del toro, murmurando, con
un estupor y un odio casi intactos: “¡Maldita sea la
vaca que te parió!”.
