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# 72

El coloquio de los lectores (FCE, Buenos Aires) es el más reciente libro de Robert Darnton, curioso historiador de la las curiosidades de la cultura y, en especial, de los avatares de la lectura. Este es un fragmento.

Rousseau, inventor de la antropología

Robert Darnton

Cuando en 1938, Claude Lévi-Strauss localizó a los Tupi-Kawahib en las profundidades de la selva amazónica, enfrentó un problema que aún ocupa el centro de eso que los franceses llaman “ciencias sociales”: ¿cómo darle sentido al Otro? Ningún otro europeo había puesto los ojos en ese segmento de la humanidad, una de las últimas tribus perdidas aún no tocada por una tesis doctoral. Su idioma era impenetrable, su mundo mental estaba fuera del alcance de Lévi-Strauss. De modo que dobló su tienda de campaña y empezó a recorrer de regreso el camino hacia la civilización, aferrándose al único ítem en su bagaje cultural que parecía ofrecerle una salida de la jungla: los escritos de Rousseau.
Pensar en Rousseau era una manera de hacer a un lado la vegetación de la selva y sus reflexiones encajaron de maravilla en el recuento filosófico de la experiencia que Lévi-Strauss publicaría en 1955 como Tristes Trópicos. Sin embargo, Lévi-Strauss no invocó la trillada idea de Rousseau como filósofo del primitivismo. Dejando al lector en lo más hondo del Amazonas, Lévi-Strauss interrumpió su relato con un análisis sobre el Discurso sobre las artes y las ciencias, el Discurso sobre el origen de la desigualdad y El contrato social de Rousseau. ¿Por qué este largo rodeo por la literatura francesa?, uno se pregunta. Mi respuesta es que Lévi-Strauss reconoció en Rousseau a un ancestro tribal.
Cada época crea a su propio Rousseau. Ha habido el Rousseau robespierrista, el romántico, el progresista, el totalitarista y el neurótico. Yo quisiera proponer a Rousseau el antropólogo. Él inventó la antropología del mismo modo que Freud inventó el psicoanálisis. Nada de lo que escribió correspondería a los patrones de la revista American Anthropologist. Pero si releemos sus escritos desde una perspectiva fresca, nos podremos enterar de lo que es vivir las contradicciones de un sistema cultural y superarlas al entender a la cultura misma.
Desde luego que la antropología tiene otros Padres Fundadores. Pero su genealogía luce diferente ahora que las disciplinas académicas se han agrupado en nuevas configuraciones. En lugar de la vieja división tripartita —ciencias naturales, ciencias sociales,humanidades— comienza a emerger una nueva coalición de las ciencias humanas. Reúne disciplinas relacionadas con la interpretación de la cultura —ciertas variantes de la antropología, de la sociología, de la historia, de la crítica literaria y de la filosofía— en contra de aquellas dedicadas a descubrir las leyes de la conducta. En lugar de indagar la causa de los hechos, las nuevas humanidades tratan de comprender el funcionamiento de los sistemas simbólicos. Tratan de pensarse a sí mismas en formas de pensar ajenas y tratan de ver cómo es que las formas de pensar dan forma a los esquemas de conducta. Estudian la conducta más como una actividad que como un cuerpo inerte de ideas: como algo más cercano a la materia de la política que a la bodega de los museos. Y por tanto ya deben estar preparadas para reconocer a Rousseau.
É l se topó por primera vez con el problema central de las ciencias humanas una tarde calurosa del verano de 1749. Caminaba de París hacia Vincennes, en donde tenía la intención de visitar a su amigo Denis Diderot. Las cinco millas de camino pasaban por el Hôpital des Enfants Trouvés, en donde Rousseau abandonará a su hijo natural,hasta llegar a la fortaleza medieval en la que entonces estaba encerrado Diderot por publicar sus heréticas Cartas sobre los ciegos.

Al civilizarse a sí mismo, Rousseau llegó a reconocer a la civilización por lo que era: un proceso de corrupción... Al apartarse del camino, se apartó de la cultura dominante de su época y se convirtió en el primer antropólogo.

Con el sol pegándole de lleno, Rousseau sacó un ejemplar de la revista literaria que se había traído para leer en el camino. Su vista se detuvo en el anuncio del tema que proponía la Academia de Dijon para un concurso de ensayos: “El progreso de las ciencias y de las artes ¿ha contribuido a corromper o a purificar las costumbres?” “Así que hube leído esto se abrieron a mis ojos nuevos horizontes y me volví otro hombre... Incapaz de respirar mientras caminaba, me dejé caer bajo uno de los árboles que estaban junto a la avenida; y me pasé ahí una media hora en tal estado de agitación que cuando me incorporé me di cuenta que el frente de mi chaqueta estaba empapado completamente de lágrimas aunque no me di cuenta de que estuviera llorando... Si hubiera podido escribir tan sólo un fragmento de lo que vi y sentí debajo de ese árbol,con qué claridad habría expuesto las contradicciones del sistema social”.
La historia está plagada de momentos de revelación. Pensemos en Arquímedes en su baño, en Pablo en el camino a Damasco, en Newton bajo el manzano; pero aun en el caso de que esas escenas hayan sucedido realmente, llegan a nosotros rodeadas de tanta mitología que tendemos a eliminarlas. Rousseau ciertamente hizo un mito con su propia vida. Sin embargo, no podemos meternos en sus Confesiones separando la retórica de la realidad, porque él arregló su propio yo con la ficción. Más vale tomarlo al pie de la letra y con sus propias palabras, y preguntar por qué el tema propuesto le pareció tan significativo en el camino hacia Vincennes. Porque Rousseau lo tradujo en términos personales: ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Qué es lo que he hecho mal? Buscar una respuesta lo conduciría de sus oscuros orígenes a las “contradicciones del sistema social”, esto es, a fin de cuentas, hacia la antropología.
El itinerario de Rousseau por la sociedad del siglo XVIII es sorprendente, incluso concediéndole algo al elemento mítico que está presente en su relato. Hijo de un relojero en la frágil república de Ginebra, Rousseau vino al mundo en una posi ción modesta dentro de la jerarquía social y al poco tiempo se sumió hasta el fondo. Su madre murió; su padre desapareció; sus parientes se encargaron de arreglar su ingreso como aprendiz con un abogado y con un grabador, pero el niño no se disciplinó. Un domingo en la tarde, cuando jugaba con los amigos afuera de los muros de la ciudad, Rousseau escuchó el toque de queda. Corrieron hacia la puerta. Demasiado tarde: estaba cerrada. Tendrían que pasar la noche fuera y a la ma ñana siguiente recibir el castigo a su negligencia. Como era la segunda ocasión que a Rousseau le daban de varazos por la misma falta, Jean Jacques, un adolescente de quince años, le dio la espalda a Ginebra y cogió camino.
Durante los trece años siguientes vivió de un lado para otro. Como converso a sueldo del catolicismo, en Turín, conoció el precio de su alma: veinte francos —el sueldo de una semana de un trabajador no calificado. Como lacayo en una propiedad de nobles, midió la distancia entre los extremos de los gentiles y los villanos y se dio cuenta de cuál era su lugar. Vagando por los Alpes, urdió una estratagema para obtener comida de los campesinos exhibiendo una fontaine de Héron que al parecer cambiaba el agua en vino. Al volver a Annecy, se fue a vivir con Madame de Warens sin volverse empleado, ya que no hacía nada para ganarse el sustento, o era un mantenido, pues a ella, entre las sábanas, la llamaba “Mamá”.
En una excursión por Suiza, Rousseau tomó un cuarto en una posada, comió hasta saciarse, y a la mañana siguiente avisó que no tenía dinero para pagar la cuenta. Más adelante logró mantenerse dando clases de música, aunque a duras penas podía leer una partitura. De hecho, llegó a organizar un concierto en Lausana, usando un nombre supuesto, pero los músicos lo sacaron del podio carcajeándose. En su momento, Rousseau halló un mejor modo de hacerse de dinero en efectivo: un falso archimandrita de la iglesia ortodoxa griega que recababa fondos para restaurar el sagrado sepulcro en Jerusalem.
Haciendo las veces de intérprete y presentador, Rousseau condujo al griego a lo largo de un divertido viaje por Friburgo, Berna y Soloturn. En la última parada, el embajador francés, quien había trabajado en Constantinopla, vio a través del disfraz del archimandrita y lo mandó arrestar. Pero Rousseau se las arregló para convertir este tropiezo en una ventaja. Por medio de una confesión bien estructurada, se ganó la protección del embajador y salió de Soloturn con cien francos y cartas de recomendación para conseguir trabajo como tutor en París.
Hasta este punto, el relato parece encajar en el molde de muchos relatos picarescos. Si Mark Twain lo hubiera contado, habría sonado como las aventuras del duque y el rey en Huckleberry Finn. Si hubiese salido de la pluma de Voltaire, se habría transformado en una retahíla de insultos —apóstata, lacayo, ladrón, gigoló, hombre de confianza— en forma de coplas rimadas, como en El pobre diablo. Pero en la versión de Rousseau, el relato posee una extraña cualidad poética. Es un idilio sobre la inocencia perdida. Y tiene una dimensión social que ha logrado eludir la atención de la mayoría de los comentaristas.
La primera mitad de las Confesiones nos lleva por todos los niveles de una sociedad altamente estratificada, del mundo de los trabajadores manuales y de los siervos al de los aristócratas y embajadores. También nos lleva a las afueras de la jerarquía de los “estados” sociales bien definidos y nos mete en el interior de la población flotante del Antiguo Régimen. Artesanos itinerantes, trabajadores inmigrados, limosneros, desertores, actores, montañeses, ladrones: estos hombres sin rumbo fijo inundaban el paisaje social. Incluían una subespecie peculiar, la del intelectual estafador, quien vivía de su ingenio, divirtiendo, seduciendo, suplicando, instruyendo y ganándose la confianza donde quiera que hubiera un protector que estafar o unos centavos que ganar.
Los intelectuales estafadores aparecen en los primeros capítulos de las Confesiones, en especial en el relato que ofrece Rousseau de la propiedad de Madame de Warens, que él recordaba como un Jardín del Edén invadido constantemente por las ser pientes: Bagueret, hombre de confianza que mer maba la bolsa de la dama después de fracasar en su intento de hacer fortuna con Pedro el Grande; Wintzenried, peinador itinerante que aprendiera a hablar como bel-esprit parisino seduciendo marquesas; y, sobre todo, Venture de Villeneuve, músico errante cuya llamada en la puerta, una tarde del invierno de 1730, adquirió en la memoria de Rousseau el sonido de los citatorios fatales a París.
Según la reconstrucción que hiciera Rousseau, Venture era un parisino puro: mal hablado pero bien vestido y con todo un anecdotario sobre actrices, óperas y bulevares. Perturbó a Jean Jacques: ¿qué gloria podría ser mayor que la de hacerse de una figura en la República de las Letras? El joven Rousseau trató de moldearse a sí mismo bajo el arquetipo parisino. Con la ayuda de Mamá, compró el traje apropiado, aprendió a usar el sable, tomó clases de baile y estudió música. Durante un tiempo, Rousseau compartió habitación con Venture y hasta llegó a adoptar una parte del apellido de Venture como un alias —Vaussore de Villeneuve— cuando en Suiza emprendió su gira embaucadora como maestro de música. Ese camino llevaba inevitablemente a París —no el París dorado de los salones, sino el París de los escritores a destajo. Armado con sus cartas de recomendación, Rousseau varias veces intentó colarse en los salones. Pero cuando se presentó ante Madame Bezenval, lo primero que ella pensó fue en mandarlo a comer con la servidumbre. Madame de Boze le hizo un sitio en su mesa. Pero al pasarle la comida, Rousseau tomó un bocado con su tenedor en lugar de primero tomar el plato y luego servirse una porción —una metida de pata que ella registró gracias a la intervención de uno de sus entrometidos sirvientes que se encontraba a las espaldas de Rousseau. La conciencia de clase se crea a partir de pequeñas heridas como éstas. A pesar del tutelaje de Mamá, Rousseau las experimentó todos los días. Tenía demasiado sucias las uñas para dominar el código de la alta sociedad (le monde). Así que se retiró a un territorio neutral, como el del Café Maugis, entre cuyos tableros de ajedrez se volvió cliente regular, y como el cabaret de Madame La Salle, en donde escuchaba a los jóvenes acomodados ufanarse de sus aventuras con las bailarinas de la ópera. Frecuentemente estas aventuras concluían con la entrega de un recién nacido al Enfants Trouvés. Así que Rousseau se apropió del ejemplo a seguir cuando su propia amante quedó embarazada.
Thérese la Vasseur no bailaba en la ópera. Lavaba la ropa en la casa de Rousseau y no entendió cuando él le explicó cómo era que las “honnétes gens” se deshacían de sus críos. Finalmente su madre se lo explicó. La anciana reconocía que Rousseau era un “Monsieur” que, en caso de que él quisiera unirse con su hija, podría sacar a toda la familia de la indigencia. No porque Jean Jacques hubiera hecho dinero. Había sido incapaz de colar su sistema de notación musical, no había encontrado patrocinador para una ópera y no había logrado que la Comédie Italienne montara su Narcissus. Pero después de abandonar las esperanzas de ingresar a le monde como una figura literaria, aterrizó en un trabajo secretarial en la rica propiedad de Madame Dupin. Esto le produjo novecientos francos anuales, suficientes para mantener a Thérese y para darle de comer a la mayor parte de la familia.Ésta era la situación de Rousseau en octu bre de 1749 cuando se dirigía a visitar a Diderot en Vincennes. Las circunstancias de Diderot a duras penas eran mejores. Al igual que Rousseau, venía de una familia de artesanos. No había podido ascender muy alto en la República de las Letras y se había comprometido con una mujer de muy pocos méritos en la escala social —la hija de una lavandera— a la que no sólo amaba sino con la que se casó. Los dos hombres lucharon contra los mismos obstáculos en el mismo medio. Mientras fatigaba el camino hacia Vincennes, Rousseau vio a su amigo como una víctima del despotismo. Años después, cuando evocó la vida de ambos escritores a sueldo, Diderot vio a Rousseau como el sobrino de Rameau.
Ese último punto puede ser imposible de probar, cuando menos a la satisfacción del ejército de expertos de Diderot. Pero yo veo algunas similitudes sorprendentes entre el antihéroe de El sobrino de Rameau y el héroe de las Confesiones de Rousseau. Los dos eran músicos. Los dos eran adictos al ajedrez. Los dos eran unos genios medio locos y unos fabulosos excéntricos. Los dos vivían en los márgenes de la buena sociedad, subsistiendo de las migajas que les daban los ricos y los poderosos. Y los dos subvirtieron la moral convencional, exponiendo más adelante la hipocresía del mismo código que los condenaba. Que Rousseau sirviera o no en efecto como modelo para la obra maestra de Diderot es un problema “académico”. Pero al imaginar a Rousseau como el sobrino de Rameau, uno se puede hacer una idea de su manera de pensar en el camino a Vincennes.
Vagaba en un salvajismo moral, y llegó, como él dijo, “presa de una agitación que parecía delirio”. ¿Corrompió o purificó a la moral el progreso de las artes y de las ciencias? El problema planteado por la Academia de Dijon llegó a la existencia de Rousseau. Pero él no respondió en términos personales; no todavía. Tampoco adoptó la sencilla postura que a veces se le atribuye: el hombre es naturalmente bueno, la sociedad es mala. El Discurso sobre las ciencias y las artes adelantó un argumento más sutil que atravesaría todos los escritos posteriores de Rousseau: la cultura corrompe y la cultura absolutista corrompe absolutamente.
En lugar de novelar sobre cierto estado primitivo de la naturaleza, Rousseau vio que la moral era un código cultural, las reglas no escritas de la conducta, del conocimiento y del gusto que mantenían unida a la sociedad. El hombre no podía prescindir de eso, porque el hombre desprovisto de la cultura era el bruto hobbesiano, privado de una existencia ética. Pero el hombre altamente civilizado, l'homme du monde que dividía su tiempo entre la ópera y el cabaret La Salle, era peor todavía. Al civilizarse a sí mismo, Rousseau llegó a reconocer a la civilización por lo que era: un proceso de corrupción. Ese reconocimiento le dio de lleno en el camino a Vincennes. Al apartarse del camino, se apartó de la cultura dominante de su época y se convirtió en el primer antropólogo.

Bajo el sello de Plural, se pondrá en circulación Boca abajo y murciélago, el libro con el que Antonio Terán Cabero (Cochabamba, 1932) ganó el Premio Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal” 2003. Éste es un adelanto para nuestros lectores.

Cuatro poemas de Antonio Terán Cabero

AHORA QUE ES ENTONCES


ahora que es entonces y es la hora
de narrarte en el agua mi hechicero
quisiera en otra pascua abrevadero
de vida y no de muerte seductora

irredento se finge aquella espora
del último lugar que no el mesero
de posada sin vino ni caldero
donde el tiempo nos clava y nos demora

y asumiéndose impulso retenido
deja de tropezar su paso herido
porque se ha descubierto desmesura

la de saberse sueño sin cordura
y aun así proclamarse aquella pura
presencia con que sueña el propio olvido

 

ENTRE LINEAS

escribo
aquella tarde
el viento
escribo aquel amor
y el río de mi infancia
escribo ayer
por último
ahora que es entonces
sólo acuden espectros
me niego a pronunciar
estuvo
me busco en ese sitio
entre lo escrito y lo borrado
por mí
en el poema


LA NAO

una cáscara apenas
en la impalpable imagen de los signos
con que se sueña alado un topo
una canción en la quietud del río
y en la canción un barco
desperazándose
huye tú visitante casual de este paraje
si no quieres quemarte en una hoguera silenciosa
la no colmada sed del puro instante
le ha dado nacimiento
a pesar de sus huesos de carcoma
sobre un río sin agua
porque ya estuvo en el infierno
y despierta en el vientre de una clara botella
como una melodía
en medio de la noche
iluminando un charco
esa calle de la infancia
aquel farol bajo la lluvia
o sólo el barco de papel que ha remontado
la corriente
y ahora tiembla en mi mano
más allá del íntimo velamen
le espera el laberinto
del otro inmenso mar
donde las férulas no llegan
podrá entonces gritar todos los gritos
que no fueron
en la precaria palidez de nuestros días
así navegue en círculos
dentro del ojo ciego de la esfinge
todo en la breve eternidad
de narrarse en el agua

 

GONZALO VASQUEZ MENDEZ

la esfinge
es sólo viento sobre el páramo
preguntar por el sí y por el no
no conduce a parte alguna
pon mejor a tu gato
de modo solitario y absoluto
a la altura de kant
y aunque sangre tu seso en su parcela izquierda
vuelve al ceibo en cuyas flores
resplandecía una doncella
doña clara
mi pródiga doñita
renuncio a mi cabeza y me doy al azar
no le cuente a mi mujer
que he vuelto a tropezar en este verso
dígame si el canario está en su jaula
no vaya a ser que el humo
ensombrezca el escaso perfume de la casa
no descuide mis rosas
debo enterrar a nuestro muerto más reciente
hoy le toca a gonzalo
por mí no se preocupe
aun de bruces
sangrando contra el suelo
ya no suelo gritar
mierda
y sobre todo no pregunte
de qué sirve preguntar doña clarita
lo que está más clarísimo que el agua

 

Tauromaquia

Sabida es la historia del emperador chino fascinado por un combate de grillos cuyo resultado designaría al vencedor de la batalla que se aprestaba a librar. Cuando, casi sin aliento, su fiel general vino a anunciarle que el enemigo había pasado al ataque, le ordenó retirarse ásperamente, incapaz de abandonar el espectáculo que tenía ante sus ojos.
Los insectos no se equivocaron: apenas acababa el emperador de asistir a la derrota del grillo portador de todas sus esperanzas, cuando se le comunicó que sus propios soldados habian sido batidos.
En una obra publicada en Londres en I902, Leonard Williams explica, por su parte, que en el mismo momento en que las tropas napoleónicas se apoderaban de las fortalezas de Barcelona y de Pamplona, además del castillo de Figueras, la multitud se apiñaba con entusiasmo en las plazas de toros, sin prestar la menor atención a los excesos de todo tipo perpetrados por las fuerzas de Murat en las calles de esa última ciudad.
El periodista Carlos Luis Alvarez contaba la anécdota siguiente: ¿Cuándo había sucedido y quién estaba en la plaza? ¿El Gallo? ¿Guerrita? Le era imposible precisarlo. Lo que sabia, en cambio, con certeza, es que un extraordinario silencio se abatía sobre la plaza de Madrid. La actuación estaba tan exenta de engaño, la belleza era tan evidente, tan solemne, el animal y el hombre tan perfectos, que hasta los más exigentes contenían el aliento.
Un vendedor ambulante cometió la imprudencia de aprovechar ese silencio para anunciar sus bebidas frescas. Lo detuvo con la punta de su bastón un viejo, que le aseguró sin rencor, pero con la más firme determinación: “¡Hoy los mercaderes se quedan fuera del templo!”.
Hay sin duda menos desprecio del que podria suponerse en esta observación de H. V. Morton (Un extranjero en Es-paña, Londres, Methuen & Co. Ltd., 1955):
“ En la corrida, la entrada del presidente en su palco es, ciertamente, la única prueba de que un español puede acudir a tiempo a una cita”.
Autor de una guía turistica en tres volúmenes para orientación de viajeros en España, publicada en Inglaterra en I845, Richard Ford señalaba por su parte:
“ No porque las mujeres españolas asistan a las corridas antes incluso de ser capaces de reconocer las letras del alfabeto o de saber lo que significa la palabra amor son por ello más crueles que otras”.
No puede uno dejar de preguntarse por qué Saura, a quien tanto le gusta la corrida, se complace tanto en escarnecerla ¿Sería porque convierte todo en irrisorio? ¿Sería por pudor? Tal vez quepa encontrar un comienzo de respuesta en este texto de Antonio Machado:
“ Si veis que un torero ejecuta en el ruedo una faena impecable y que la plaza entera bate palmas estrepitosamente, aguardad un poco. Cuando el silencio se haya restablecido, veréis, indefectiblemente, un hombre que se levanta, se lleva dos dedos a la boca, y silba con toda la fuerza de sus pulmones. No creáis que ese hombre silba al torero —probablemente él lo aplaudió también—: silba al aplauso”.
José Bergamin: “En el toreo todo lo que no es milagro es trampa”.
Nos cuenta esta anécdota el propio Leonard Williams:
En julio de 1899, una vaca brava que era conducida al matadero se escapa en las calles de Segovia. Hiere a un vendedor de huevos y vuelca su puesto. También resultan heridos una mujer que estaba cerca y el niño que llevaba en los brazos. Pronto la atacante arremete contra un vidriero. Sus vidrios no resisten mejor que él el asalto. Otros transeúntes son, con intensidad distinta, perseguidos y heridos por la vaca.
Aparece en ese momento el novillero Valentin Conde. Sin oir más que a su coraje, se precipita en su casa, toma el estoque y vuelve veloz al iugar del drama. Se saca la camisa que utiliza como muieta y mata en el primer intento aplandido por la multitud.
Leonard Williams concluye: “Si los vendedores de huevos, las madres de familia y los vidrieros llevasen un pequeño estoque y supieran servirse un poco de él, nunca una vaca hubiera causado tantos destrozos”.
He soñado que Suiza autorizaba las corridas a condición de que los cuernos del toro, debidamente desinfectados por el veterinario de servicio, se mantuvieran en un embalaje estéril hasta el tercio de muerte.
Lidiado por Lagartijo en Málaga el 3 de junio de I877, el toro Cucharero era tan gigantesco, se mostró tan bravo y monstruosamente fuerte, que en la décima suerte de varas los picadores ni siquiera habian conseguido hacerlo san-grar. Lagartijo fue incapaz de realizar el menor encadenamiento de pases. El torero mató sin gloria, con un esfuer-zo increible. Sudoroso, jadeante y contemplando todavía con terror al monstruo inmóvil, Lagartijo, aturdido, tan sólo repetia: “¡Maldita sea la vaca que te parió!”.
Retirado de las plazas hacia largos años, Lagartijo, con la punta de su bastón, todavia daba golpecitos con regu-laridad en su salón a la cabeza disecada del toro, murmurando, con un estupor y un odio casi intactos: “¡Maldita sea la vaca que te parió!”.

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