Bolivia
confronta un desempleo estructural que se intensifica en
un círculo vicioso de precarización, subempleo
y sobreoferta empleo. Quienes contratan enfrentan sus pérdidas
limitando discrecionalmente los beneficios de los trabajadores.
Para estos la alternativa es virtualmente explotación
o cesantía Los indicadores muestran que en los últimos
13 años la tasa abierta de desempleo urbano se ha
triplicado. La más reciente evaluación advierte
que en 2003 el desempleo urbano llegó al 12,9% y
para el 2004 se estima que llegará al 13,9 %. Es
decir que aproximadamente 361 mil desocupados transitan
las calles bolivianas en un registro sin precedentes.
En casi tres lustros nada alteró esa dinámica ni siquiera los momentos
de recuperación económica. Y ya en la crisis los efectos se han
expandido. Hoy se advierte que el descenso en la calidad de empleo llega a todos
los sectores. Se acentúa el subempleo de niños y mujeres. Nacen,
por ejemplo, las tasas del desempleo “ilustrado” ante el incremento
de la cantidad de personas que completan su formación académica,
pero no encuentran dónde trabajar.
Para romper la recurrencia, la única visión que alientan los expertos
está puesta en que algún día se logre concentrar inversiones
en sectores que arrastren crecimiento económico de base amplia como el
turismo, la agroindustria y la industrialización. A ello añaden
que deberá, de una vez por todas, buscarse invertir la rentabilidad de
la acostumbrada explotación de recursos naturales en áreas diversificadas.
La
marcha de los “sin pega” suma 360 mil personas.
13,9%:
el desempleo abierto llega a su marca histórica en Bolivia
Rafael
Sagárnaga López
“¿Cuál
es el rostro de la nueva era?”, se preguntaba la filósofa
francesa Viviane Forrester en 1999, “¿El que impone
el desarrollo tecnológico con su invasión de esclavos
de computadoras y teléfonos móviles? ¿La cara
de múltiples rasgos y colores que atrae la explosión
de movimientos sociales y culturales? No. El rostro de la nueva
era es el del desempleado”. Su extensión hoy es la
silenciosa marcha de los “sin pega”, aquella que más
se siente, pero a la que menos se quiere ver.
Paralelamente a una tendencia mundial, en dos décadas de agitados cambios,
la gran constante en Bolivia ha sido el desempleo. Se volvió estructural,
se asemeja a una norma de riguroso cumplimiento. Como tal sus efectos han sido
expansivos. Diversas mediciones rubrican la tendencia. Para el estatal Instituto
Nacional de Estadística (INE) la tasa de desempleo abierto urbano pasó de
2,07% en 1990 a 8,69 en 2002. Para el Centro de Estudios para el Desarrollo
Laboral y Agrario (CEDLA), el cambio en ese lapso fue del 5,5 al 12,8 por ciento.
La
nueva marca
En
el caso del pasado 2003, el indicador del CEDLA, la única
institución
que ha actualizado sus datos, señala que la tasa abierta de desempleo
urbano creció al 12,9 por ciento.Y, para el corriente año
2004, la proyección estima que se alcanzará el 13,9%. Cuantificado
en seres humanos, en 2004 cerca de 361 mil personas carecen de empleo en
las ciudades bolivianas. La cifra se convierte en la más alta que
haya conocido el país en su historia. Vale decir, además,
que en 14 años
el número de desocupados casi ha llegado a triplicarse.
La
oferta y la demanda
Y
entre los que buscan y los que ofrecen vuelve la amenaza de que
se sigan superando las marcas del desempleo. Según la proyección
CEDLA, mientras en el área urbana 76 mil personas habrán
salido en 2004 en pos de un empleo. Los sectores productivos sólo
admitirán
una oferta total de 41 mil puestos. Se estima que el comercio, 18.721
plazas, y el transporte, 7.649, serán los mayores ofertantes.
Mientras tanto, un sector de la importancia de la construcción
experimentaría
una reducción de 13.415 empleos.
A nivel global, incluyendo no sólo el ámbito urbano, la tendencia
apunta a que el sector agropecuario será el mayor generador de empleo.
La creciente producción de soya se muestra como la base para una oferta
de casi 55 mil empleos. Por su parte, la explotación de petróleo
y gas, pese a su alta rentabilidad económica, escasamente abre la estimación
de una oferta de 913 empleos.
La minería, a su vez, apenas promete generar 1.116 empleos.
Hasta ahí el eje de las cifras. Aquellas que pueden ser debatidas, corregidas,
explicadas. Aquellas que sirven para denunciar, pero también para camuflar
y que se muestran tan distantes del dolor de miles de miles de consciencias
torturadas, una por una, entre la espera y la búsqueda.
Todos
buscan ingresos
Pero
entre los números y percepciones a veces más inmediatas
se presentan los dramas cotidianos del desempleo. Hoy el rostro
que mira con tristeza, bronca y vergüenza inducida por estos
nuevos tiempos es cada vez más de niño, más
de mujer y también de anciana.
La crisis laboral obliga a que las familias de quienes pierden
su empleo o de aquellos que ven reducidos su salarios salgan a
buscar ingresos. Un estudio
realizado por la socióloga Silvia Escóbar de Pabón
para la Organización Internacional del Trabajo advierte
que la oferta laboral registró un crecimiento acelerado
del 6% anual. El índice implica
dos puntos porcentuales por encima de la población estimada
en edad de trabajar (definida a partir de los 10 años sin
límite)
Según reportes de la Comisión Nacional para la Erradicación
del Trabajo Infantil, cerca de 800 mil niños trabajan en Bolivia. No
está demás recordar que esa salida temprana al mercado laboral
los aleja del sistema educativo y distorsiona su formación integral.
Por su parte, el mencionado trabajo de Silvia Escobar señala que, en
11 años, el acelerado crecimiento en la oferta laboral incrementó en
13 puntos porcentuales la tasa de participación de las mujeres y sólo
en 5 la de los varones. En 1992 el 41% de la fuerza laboral de Bolivia estaba
formada por mujeres, al presente, la cifra podría bordear el 49 por
ciento.
En ese ritmo nada aparece haber limitado la desesperada búsqueda de
empleo. Las tasas de participación aumentaron en todos los grupos de
edad. Escóbar puntualiza: “ni la edad ni las responsabilidades
familiares ni la menor escolaridad, que caracterizan a las mujeres adultas
mayores, parecen ser un obstáculo frente a la urgencia de generar algún
ingreso; aún al costo de inserciones laborales precarias como trabajadoras
independientes o familiares sin remuneración”. Ellas se multiplican
en las ferias, en los mercados, en los peajes y en las aceras.
El
desempleo “ilustrado”
Otro
grupo que cobra identidad propia, en el conjunto de quienes buscan
trabajo, es el del desempleo “ilustrado”. A diferencia
de lo que sucedía
hace tres lustros el promedio educativo de cesantes y aspirantes
se ha elevado notablemente. Basta citar reportes del Vice Ministerio
de Educación
Superior que señalan un promedio de casi 15.000 nuevos
profesionales que anualmente ingresan al mercado. A ellos se
suman muchos de los más
de 450 mil matriculados en estudios superiores. Todos aspiran
a llegar al privilegiado grupo que forman los escasos 406 000
empleos calificados que conforman la fuerza
laboral de Bolivia; es decir, el 16 % del total.
Quienes no conquistan ese reducido espacio, y sus consecuentes
beneficios salariales, de estabilidad laboral y prestaciones
sociales, se orientan
paulatinamente hacia tres opciones: Para unos se abre el inexplorado
mundo de la emigración,
para otros el gigantesco bolsón de la informalidad y para los terceros,
colocaciones con un alto nivel de precarización. En el primer caso,
estimaciones de analistas independientes, como las de Carlos Medrano o Fernando
Kieffer, señalan entre 10.000 y 25 000 migrantes cualificados al año.
En el caso de la informalidad las variables que se abren son múltiples.
El estudio de Silvia Escobar puntualiza que, en términos de variaciones
absolutas, entre 1992 y 2001 el 63% de los empleos fueron generados en el sector
informal. Añade que el 55% de esos empleos estuvo conformado por trabajadores
a cuenta propia. Sólo un ocho por ciento correspondió al sector
semiempresarial. Se estima que en los últimos años este sector
ha tenido un crecimiento relativo por implantación de políticas
de incentivo, pero que, a su vez, fue afectado por la reciente crisis cambiaria.
Sin embargo, de acuerdo a estudios de la Unidad de Políticas Sociales
y Económicas (Elizabeth y Wilson Jimenes), el sector y su vasta variedad
de ocupaciones no logra niveles de movilidad suficientes como para traspasar
la barrera de la informalidad.
El
trabajador 2004
La
crisis laboral boliviana se precipita a en diversos sentidos. Los
estudios citados señalan la pérdida creciente del
trabajo asalariado en proporción inversa al eventual. Menos
del 45% de los trabajadores varones y del 32% de las mujeres percibirían
hoy un salario regular. Todo ello es acompañado por una
flexibilización laboral de facto, que implica
una creciente discresionalidad en cuanto a horarios, contratos
y funciones.
Hoy, un creciente número de trabajadores soporta jornadas que bordean
las 50 horas de jornada semanal, carecen de estabilidad laboral, no tienen
prestaciones sociales y perciben ingresos que no les permiten satisfacer sus
necesidades básicas. Y esas condiciones sumadas a la presión
de la sobreoferta laboral determinan un círculo vicioso que acaba siendo
funcional a las estrategias empresariales. En Bolivia gran parte de los trabajadores
sólo tienen como alternativa la explotación o desempleo.
Ese es el espectro resumido del problema del desempleo
en Bolivia. Un desempleo que se muestra “seguro, eficaz y permanente” contraviniendo múltiples
ofertas electorales y pomposos programas de desarrollo de casi tres lustros.
En todo ese tiempo la crisis laboral no respetó ni las etapas de crecimiento
económico. La única medida gubernamental que “funcionó” contra
las cifras globales del desempleo fue emitida en 1990. Aquella decisión
oficial decidió considerar ocupado a “cualquier ciudadano, mayor
de 10 años, que trabaje por lo menos una hora por semana”
Esperanzas
a largo plazo
Bajo
esa tendencia las expectativas de mejora son limitadas y los analistas
recuerdan las causas estructurales
del problema. El economista
Gonzalo
Chávez
cita la ausencia en el modelo económico de políticas
que apuesten a los sectores generadores de mayor ocupación,
sumadas a políticas
de inversión y de apertura de mercados externos.
Advierte que tampoco se implementaron políticas
para mejorar la calidad de empleos y que desde 1999
se tuvo que soportar el
peso de la crisis recesiva.
Tanto el propio Chávez como Escóbar señalan hacia el futuro
la urgencia de concentrar inversiones en sectores que arrastren crecimiento
económico de base amplia. La agroindustria, el turismo, la petroquímica,
la cosntrucción de obras públicas y los pequeños empresarios
son los más nombrados. Chávez añade una precisión: “si
Bolivia sigue concentrando sus modelos de crecimiento económico en la
explotación de recursos naturales, en estos tiempos el gas, y no diversifica
su producción, no generará una base de desarrollo grande. La
pregunta es cómo utilizar los recursos generados que dé el gas
para diversificar la economía y buscar un crecimiento de base amplia”.
Resuelto efectivamente el dilema probablemente Bolivia rompa la recurrencia
histórica de su vida económica traducida en las eras de la plata
y del estaño. Con ello también rompería la estructura
de su, por hoy, crónico nivel de desocupación.
Mientras, la imagen del desempleo, el rostro de la
era, no precisa de mayores cifras, simplemente aparece
cada
madrugada
en las
esquinas. La
cifra del
13,9 % toma cotidianamente cuerpo y aunque el gran
movimiento de los “sin
pega” no marcha ni bloquea, hace sentir su gigantesca
presencia desde las sombras.
Nuevo
récord mundial
186 millones de desempleados
Según un informe de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT), el desempleo mundial ha registrado
un nuevo incremento y afecta hoy a casi 186 millones de personas
en todo el mundo, más del 6 por ciento de la fuerza laboral
total. La OIT afirma que el ritmo de evolución del desempleo
se ha mantenido en los niveles históricos, pese a los
signos de recuperación económica registrados tras
dos años de recesión.
La principal preocupación, apunta la OIT, es que si la
recuperación económica se tambalea y las esperanzas
de obtener más y mejores empleos se ven postergadas, muchos
países no podrán reducir la pobreza a la mitad
hasta el 2015, tal y como pretenden las Metas de Desarrollo del
Milenio planteadas por Naciones Unidas. En este contexto, América
Latina y el Caribe aparecen como la región más
afectada por la recesión económica mundial de 2001
y aunque se experimentó cierta recuperación del
crecimiento en 2003, la generación de nuevos empleos ha
sido lenta.
La
marca Latinoamericana
Precisamente
en la pasada gestión y de acuerdo a reportes
del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) la tasa de desempleo
abierto latinoamericano llegó al 10,7. La cifra se
constituye en su peor nivel histórico.
En un documento sobre los mercados de trabajo presentado
a los directores regionales, el BID señala que el desempleo
aumentó considerablemente en especial para las trabajadoras
jóvenes y calificadas.
El desempleo urbano afecta a 6.5 millones de mujeres en América
Latina con el agravante de que aproximadamente un tercio de los
hogares son dirigidos por ellas. Además, sufren mayor
cesantía y precariedad laboral que los hombres, ganan
menores sueldos y tienen un mínimo acceso a la seguridad
social. De acuerdo a las recientes investigaciones de la OIT
en América Latina, las tasas de desempleo de mujeres superan
a las de hombres, con excepción de Argentina, donde al
aumento del desempleo masculino supera al femenino.
Uno de los más altos índices de desempleo femenino
se encuentra en Colombia, con el 22 por ciento, seguido por Uruguay
con un 20,3 por ciento y Panamá con el 19.3 por ciento,
según datos del año pasado. Por el contrario, México
ofrece las menores tasas de desempleo en ambos sexos, que no
superan el 2.7 por ciento. A nivel regional, la cifra promedio
ponderado de desempleo femenino en las ciudades se encuentra
en el nivel del 9.4 por ciento. Asimismo, el porcentaje de mujeres
ocupadas en la economía informal urbana creció del
47.5 al 50 por ciento en la última década, mientras
que la ocupación informal masculina subió del 39.5
al 44 por ciento.
Sin embargo, la calidad de los empleos femeninos en el sector
informal es inferior a la calidad de los empleos masculinos,
porque las mujeres trabajan en mayor proporción en actividades
más desprotegidas como el trabajo familiar no remunerado,
el trabajo a domicilio y el servicio doméstico, indica
el documento de la OIT. Por otra parte, cerca del 38 por ciento
de las asalariadas no cotizan en la seguridad social, mientras
que el porcentaje en el sector informal se dispara al 72 por
ciento de las trabajadoras.
A pesar de todo, Janine Berg, economista laboral de la OIT
es optimista: “Se prevé que América Latina y
el Caribe crecerá del orden de un 4.2 por ciento como
resultado del alza de precios de las exportaciones básicas,
la recuperación del sector turístico y la continua
recuperación de los flujos de inversión y capitales
hacia la región”. (RSL) |
Las
limitaciones del Plan Mesa
Un estudio reciente del
Cedla analizó la oferta
laboral del gobierno instaurado en octubre de 2003. Las cuatro áreas
de empleo propuestas por el equipo del presidente Carlos Mesa son:
el Plan nacional de Empleo de Emergencia (PLANE), la construcción
de viviendas, las conexiones de gas domiciliario y la transformación
de vehículos.
Sobre el primero el estudio recuerda que esta medida en sus versiones
anteriores sólo llegó a ocupar 30 mil obreros eventuales
y con salarios de 480 bolivianos. A ello se suma la influencia negativa
que dichas condiciones tienen sobre las políticas de contratación
del sector privado.
Cuatro
frágiles pilares
En
el caso de la construcción de viviendas, el principal cuestionamiento
se resume a la limitación de los beneficiarios. Los mismos
deben tener un salario de más de 800 bolivianos y recibir
el apoyo del empleador. Bajo esas circunstancias el perfil del
nuevo propietario corresponde a menos del 20% de los trabajadores
bolivianos.
El número estimado de empleos, salvando además
otras dificultades financieras, llegaría a 10 mil.
Al analizar la transformación de vehículos –los
volantes deben ser trasladados a la izquierda- los analistas del
CEDLA observan que sólo se necesitarán 350 trabajadores
para los potenciales 20 mil vehículos susceptibles de ser
trabajados.
Escasas
conexiones
Finalmente
para la instalación de conexiones domiciliarias
se estima que se requerirán de tan sólo 300
trabajadores al año. A eso se añade que el
contexto del proyecto implica una licitación internacional.
En función a
los exigentes requisitos se teme que la participación
mayoritaria corresponda a empresas internacionales, quedando
un margen reducido
para la subcontratación de empresas bolivianas.
En otros documentos el CEDLA también relativiza los efectos
del “Compro boliviano”. Se destaca que la perspectiva
inicial de un capital potencial de 600 millones de bolivianos contrasta
con un presupuesto de 295 y una reducción natural que bajaría
dicha cifra a menos de 100 millones.
En ese marco la oferta de la creación de 40 mil empleos se
reduce a algo más de 12 mil. La proporción frente a
los 361 mil desempleados bolivianos habla por si sola. (RSL)