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excesos en las prácticas económicas en un
sentido u otro —o mucho Estado o demasiado poco de él,
o liberalismo equilibrado o más bien exacerbado— tienen
efectos negativos sobre el empleo. Y la prueba está en
los regímenes combinatorios
13,9%,
desempleo récord
Las cifras son alarmantes.
Señalan una triplicación
del desempleo en los últimos 13 años en Bolivia hasta índices,
según el CEDLA, organismo especializado para temas de empleo,
del 12,8 por ciento y una proyección para el presente año,
del 13,9. Para mayor preocupación, las cifras guardan relación
con las mundiales y también regionales; pues el desempleo
aparece como un mal genérico ¿Y sus causas? Aquí bien
vale la demora en el juicio para establecerlas, evitando conclusiones
simplistas. Y la verdad es que ni el CEDLA ni ningún otro
organismo han podido establecerlas, en el caso boliviano, con una
rigurosidad que no esté teñida de factores ideológicos
o simplemente de manera improvisada.
En Bolivia, todo indica que el desempleo es más bien estructural;
obedece a motivaciones bastante más profundas que las de modelos
económicos adoptados en el tiempo, con sucesión, a
veces pendular, entre liberalismo y estatismo. Aunque es correcto
afirmar, en el momento presente, que proviene de las políticas
adoptadas en 1985 —emblemáticamente con el Decreto maestro
21060—, que sino serían mayores los índices de
desempleo con otras políticas —las estatistas entonces
abrogadas, por ejemplo—. En el mejor de los casos, serían
similares a las actuales; es decir, de ningún modo mejores
y, con toda probabilidad, peores. Si bien dicho decreto, entre otras
cosas, dejó cesantes a 30.000 mineros por la crisis del estaño
que obligó al cierre de la minería estatal de COMIBOL,
la quiebra de esta actividad de todas formas lo habría hecho
más temprano que tarde y, quizás, con mayor dureza ¿O
habría habido alguien capaz de subsidiarla indefinidamente,
no para evitar esa quiebra, pero al menos para demorarla? En economía,
los desenlaces negativos suelen ser crueles y, cuando hay salvadores,
no resultan gratuitos. La experiencia y la teoría advierten
que lo mejor son las medidas preventivas y oportunas en cuanto sea
posible.
Aparentemente, los excesos en las prácticas económicas
en un sentido u otro —o mucho Estado o demasiado poco de él,
o liberalismo equilibrado o más bien exacerbado— tienen
efectos negativos sobre el empleo. Y la prueba está en los
regímenes combinatorios. De los países latinoamericanos
de mejor posición en el empleo —o menos mala—,
Chile y Costa Rica son un ejemplo precisamente por ello. Inversamente,
Estados Unidos, luego del gobierno de Clinton, de comportamiento
espectacular en el empleo, ostenta hoy los índices más
bajos en las últimas décadas, no así Holanda,
modelo de equilibrios.
Para la conmemoración este año de la Fiesta del Trabajo,
nuestras cifras son, pues, penosas, y el repunte económico
que registra hoy el país tardará en manifestarse, con
el agravante del creciente subempleo de niños y mujeres, y
el así llamado desempleo “ilustrado” de profesionales
que descienden forzadamente en su escala laboral, más disminuida
todavía por la sobreoferta general.
El gobierno del Presidente Mesa ha dicho que no es ajeno a lo que
ocurre y así ha propuesto, por ejemplo, el plan “Compre
Boliviano”. Sin embargo, los planes no verdaderamente integrales —y
parece ser el caso del acabado de nombrar— o se quedan a medias
o no cumplen sus previstos fines, pues hay muchos factores que los
obstaculizan, como, en el ejemplo señalado, el que los productos
nacionales tiendan a ser más costosos que los importados,
o de inferior calidad; todo ello, en buena medida, porque la productividad
y la calidad de mano de obra en el país son bajas.
No con simpleza pero sí con realismo, se podría concluir
que el mejor estímulo para el empleo son las condiciones que
lo hacen prosperar y extenderse mediante las instituciones de la
propia democracia, lo que no es nada fácil en países
como los nuestros, precisamente frágiles en sus instituciones,
de bajísimo ahorro interno y escasos de capital e inversiones.
Las solas leyes laborales, ventajosas para el trabajador, no sólo
no son suficientes, sino a veces contraproducentes si no fortalecen
al mismo tiempo dichas condiciones, que, repitiéndolo, son
antes de equilibrio que de extremos.