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“Si estás entre volver y no volver, si ya metiste demasiado en tu nariz... tirate un cable a tierra”

Fito Páez

Diego por la línea de cal

Debió ser 7, como Garrincha, como Houseman. Los punteros derechos que caminan al filo de la cancha, entre que pisando y no la línea por la que corretea el árbitro asistente puesto ahí para controlar las posibles posiciones fuera de juego y los saques laterales. Nunca falta un vigilante. Un bedel del orden. Un registrador de outsiders mañosos que juran que la pelota no salió y salió, que piden corner cuando es tiro de meta para el adversario y arman tremendo lío para convertir una anécdota en incidente como suele hacer Guillermo Barros Schelotto en Boca.
La línea de cal es la corniza a la que se asomaron con su raudo talento esos prestidigitadores del balón, es la metáfora perfecta entre la vida y la muerte, o mejor, como pensaría un oriental, entre la vida–muerte. Y por eso Diego debió ser 7, pero no, como fue–es–será zurdo pudo haberse ubicado en la banda de enfrente y ser 11, puntero izquierdo o puntero “izquierda” como Valdano que es la antítesis del apostador que coquetea con la muerte, con caminar por los bordes de los rascacielos del delirio al que lleva la fama. La banda izquierda, la línea de cal izquierda, por tanto, es para tipos con formación política y conciencia de clase como. Valdano usó el carril para meterse en el centro de los acontecimientos —segundo gol frente a Alemania en México 86—, mientras Diego llegaba de hacer el gol más corrupto de la historia metiéndoles la mano a los ingleses y la otra metáfora de “solo contra el mundo”, históricamente narrada por Víctor Hugo Morales con Marado–Marado–Marado, arrancando desde campo propio dejando un tendal de soldaditos de plomo, el solitario villero frente a los invasores de las Falklands. Venganza de guerra en la guerra del juego donde el que gana es el equipo con el más corajudo y genial de todos, 10 en la espalda: Dieguito de Villa Fiorito, un barrio de cartoneros muertos de hambre que tanto lo recuerdan y lo amarán hasta el último día de sus callejeras y por–dioseras vidas.
Por eso Maradona es puntero derecha, porque se mete la línea de cal funcional por las fosas nasales, y ha hecho maravillas con la pelota con la zurda, con la pierna y el pie conectada al otro extremo de la cancha por donde avanza la historia y la lucha de los desheredados de la tierra. Y aquí no hay matemática que valga: 7+11=10. Por derecha con la cocaína, por izquierda con la pelota atada a su botín y por donde le dé la gana para la concreción de la más grande poética del fútbol puesta al servicio de la felicidad, esa que dura segundos y de la que a veces no nos percatamos.
La traqueotomía que se hizo el pueblo maradoniano ha dado resultado. Todos respirando por Diego hasta que le quiten “el chanchullo mecánico con el que bombeaba el corazón”, mientras los antibióticos atacaban sin piedad la infección pulmonar. Diego está nuevamente queriendo decir cosas con esa media lengua propia del mareado, el que busca combinar el adormecimiento a que conduce el alcohol y la potencia caballuna que libera un jale. Maradona sigue sin querer irse. Se acercará otra vez a la línea de cal y otra vez se desatará la zozobra colectiva. En realidad los pobres no quieren que muera. Saben que si hay Dios éste debe reinar sobre la tierra polvorienta de sus orígenes. En el cielo lo que hay son nubes.

 

ROBANDO VIDAS


Hay a priori unas cuantas muy buenas razones para salir al encuentro de Robando Vidas. Asumiendo incluso todos los riesgos que a estas alturas supone albergar ilusiones respecto a las cosas producidas por la industria del norte. Atrae que en la ficha técnica figuren el nombre de la gran Gena Rowlands, o la música de Philip Glass, maestro del minimalismo, o que el montaje esté a cargo de la siempre excepcional Anne V. Coates, de las pocas que a estas alturas tiene bien interiorizada la diferencia entre sólo cortar, ordenar y pegar fragmentos de película o contribuir por el contrario a la creación de una atmósfera valiéndose de las factibilidades de ese momento tan importante, y tan venido a menos, del proceso de construcción de un relato cinematográfico. Adicionalmente, juega el interés de saber si Angelina Jolie deja de ser Lara Croft y vuelve a tener chance de resituarse como actriz.
Todo ello, se conoce también de antemano, puede resultar más que insuficiente si el libretista y el director no ponen lo suyo. J.D. Caruso, hasta aquí productor y realizador de películas para TV atina en varios momentos, pero yerra de medio a medio con una resolución pedestre, muy por debajo de los 85 minutos previos. Si la puerilidad del desenlace se debe a vacilaciones de último momento en el tratamiento, al apuro del libretista por acabar con el asunto, o si las cosas ya terminaban así de mal en la novela original de Michael Pye, es cuestión que, a fin de cuentas, no tiene mayor importancia; la responsabilidad es nomás del encargado de orquestar la puesta en imagen.
Caruso sale entonces a medias bien parado de la inevitable comparación con algunos de los títulos relevantes en el género del psico-thriller, tan manoseado en los últimos años. Resulta, en efecto, insoslayable la referencia a El Silencio de los Inocentes (Jonathan Demme/1991) - incidentalmente me pregunto donde andará Demme en medio de tanto incompetente-, Identidad (James Mangold/2003), y en especial Los Siete Pecados Capitales (David Fincher/1995). Si el lector espera un producto a la altura de las nombradas haría mejor en abstenerse de sacar la entrada, pero si está dispuesto a moderar sus expectativas puede probar sin pena.
La trama transcurre en Montreal, y tal cambio de ambiente, escapando de los escenarios neoyorkinos o de Chicago, transitados una y mil veces, beneficia al relato no obstante los excesos de la sombría iluminación, que por forzar el preciosismo de la imagen peca de oscuridad innecesaria obligando a forzar la atención para enterarse qué ocurre o quiénes andan circulando por la escena.
Allí en Montreal trabaja el capitán de policía Leclair, en cuya ayuda acudió su vieja amiga, la fisonomista del FBI Ileana Scott, una mujer problemática detrás de la apariencia de funcionaria obsesiva y aplicada. Ambos tratan de dar con la identidad de un homicida serial que mata a sus víctimas para hurtarles la identidad. Recibida con desconfianza por sus nuevos colegas, Ileana consigue pronto resultados positivos, identificando a Martín Asher, sujeto cuyo prontuario registra el matricidio, 20 años antes. Su madre, en realidad, vive muy oronda en la misma ciudad.
Todo acontece, se dijo en locaciones a media luz, bañadas por una tonalidad de color entre verduzca y azulada, muy en la onda del tipo de cromatismo usado por Fincher. Tanta penumbra invita, a ratos, a enviar una nota de reclamo a la compañía eléctrica canadiense para protestar contra el insuficiente voltaje, ya que no siempre la elección responde a necesidades dramáticas. Por momentos, este estilo si aporta a la densificación de una trama más concentrada en las oscilaciones de la personalidad de Ileana que en la persecución del criminal. Incluso cuando asistimos a la infaltable persecución automovilística, la escena da la impresión de responder a la necesidad del avance del relato antes que a una gratuita demostración técnica.
Angelina Jolie, eximida de la sensualidad banal que paseó por varias de las últimas películas donde fue protagonista, compone un personaje creíble, manejando con solvencia los vericuetos de su forma de ser, que en determinado momento lleva al ingenioso asesino a constatar cuanto se parecen él y su cancerbera. Son visibles por lo demás varios absurdos y coincidencias insostenibles en la historia, que Caruso camufla con cierta habilidad, prolongando por otra parte su relato el tiempo necesario, con la sola demasía de esos horribles cinco minutos finales.
No se si será producto del hartazgo ante tanta película pésima lo que me lleva a ser tolerante con este trabajo algo menos malo, pero sigo creyendo que tiene ingredientes recomendables siempre y cuando no se alberguen expectativas desmedidas.

FICHA TÉCNICA.- Tit. Orig: Taking Lives- Dirección.: J.D. Caruso - Guion: John Bokemkamp- Novela: Michael Pie- Fotografía: Amir M. Mokri- Montaje: Anne V. Coates- Diseño: Tom Southwell- Arte: Serge Bureau- Música: Philipp Glass- Producción: Bruce Berman, Alan C. Blomquist, Mark Canton, Bernie Goldmann, David Heyman- Intérpretes: Angelina Jolie, Ethan Hawke, Kiefer Sutherland, Gena Rowlands, Olivier Martinez, Tchecky Karyo, Jean Hughes Anglade, Paul Bono, Justin Chawtin, Andre Lacoste, Billie Two Rivers, Richard Lemire, Julien Paoulin, Marie Josee Graze, Christian Tesier, Brigitte Bodard, Dominique Briand, Alex Sol, Shawn Roberts, Martin Brisebois, Henri Pardo, Fabiano Amato, Judith Beribeaure, Anne Marineau, Eugenio Osorio, Jesús Alejandro Nino, Lisandro Martinez, Sandra Campanelli, Vince Grant - USA /2004.